¿Qué pasa si no desayunas?

Aunque tiene fama de ser la comida más importante del día, el desayuno es uno de los hábitos más sacrificados en la vida moderna. Muchos apenas toman un café y otros simplemente comen por primera vez a la hora del almuerzo.

Lo que quizás ignoran quienes incurren en esta conducta es que la ciencia ya estableció los efectos negativos que este comportamiento tiene sobre la salud.

Un reciente estudio de Harvard School of Public Health, divulgado por The American Journal of Clinical Nutrition, aseguró que saltarse el desayuno es tan delicado que aumenta en 21% el riesgo de padecer diabetes tipo 2.

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Como si fuera poco, otra investigación de la Universidad de Harvard, publicada en la revista Circulation en julio del 2013, evaluó a 26,902 hombres y encontró que el 27% de los que no desayunaban tenían más posibilidades de sufrir un infarto o morir de una enfermedad cardiaca que aquellos que comían todas las mañanas.

Y el riesgo es el mismo en los adolescentes. Según un estudio de febrero del 2014, divulgado por la revista Public Health Nutrition, los jóvenes que desayunan poco o nada tienen 68% más posibilidades de desarrollar síndrome metabólico (obesidad abdominal, altos niveles de triglicéridos, niveles bajos de colesterol bueno, hipertensión y altos niveles de glucosa en sangre), lo que incrementa el riesgo de trastornos cardiovasculares.

Pero, la ciencia no solo respalda la necesidad de la primera comida del día, sino el hecho de que sea generosa. En agosto del 2013, una investigación de la Universidad de Tel Aviv, que publicó la revista Obesity, concluyó que tomar un desayuno con abundantes calorías adelgaza, a la vez que previene la diabetes y los problemas cardiovasculares.

Si se trata de un desayuno rico en proteínas, manifestó la Universidad de Misuri (Estados Unidos) en noviembre del 2014, puede mejorar de manera sustancial el control del apetito y contribuir a la reducción de la ingesta nocturna de alimentos ricos en grasa o azúcar.

Carolina Montejo, presidenta de la Asociación de Exalumnos de Nutrición y Dietética de la Universidad Nacional, explica que el desayuno es un combustible necesario después del largo periodo de ayuno que transcurre mientras dormimos.

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Además, extiende la lista de efectos de esta abstención.

“Los estudios científicos reportan que no consumir desayuno se relaciona directamente con obesidad, déficit de micronutrientes y bajo desempeño académico, laboral y físico, además de sintomatologías recurrentes en la población, como dolor de cabeza, debilidad, visión borrosa y mareo”, indicó.

Entre las consecuencias, según la especialista, también están la anemia por deficiencia de hierro, bajo desempeño académico, laboral y físico, gastritis (irritación de las paredes del estómago) y la sarcopenia (pérdida de la masa muscular).

El endocrinólogo Iván Darío Escobar dijo que, contra toda lógica, muchas personas prefieren arrancar su jornada con pocas calorías y hacer comidas grandes al final del día.

“Lamentablemente, mucha gente se queja de que el desayuno le sienta mal, pero esto se debe más a los malos hábitos (no tener la costumbre de comer a esa hora o no comer lo adecuado) que a una respuesta natural del organismo”, aclaró.

Fanny Aldana, dietista de la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica, señaló que cuando no desayunar se vuelve costumbre, el organismo utiliza sus reservas de glucógeno para obtener la energía que necesita.

“Sin darse cuenta, estas personas sienten un deseo incontrolable de picar al final de la tarde, dándoles prioridad a los dulces y a la comida poco sana. Así, el ayuno termina convirtiéndose en un círculo vicioso”, advirtió Aldana.

“Si uno come cada tres horas, los niveles de azúcar en sangre van a ser constantes y se evitará un desorden metabólico”, agregó la nutricionista.

Las ventajas de comer por la mañana incluyen un mayor rendimiento en términos de memoria, atención y habilidad de resolver problemas. Asimismo, desayunar ayuda a controlar y moderar la ingesta total de calorías durante el resto del día.

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Un buen desayuno contribuye significativamente al consumo requerido de vitaminas y minerales y, en consecuencia, al equilibrio nutricional.

Mantener el estómago lleno hasta la próxima comida evita comer de más. También, disminuye la tentación de “picar” golosinas, que aportan calorías extras, por lo cual ayuda a controlar el peso.

La fibra de los cereales integrales y las frutas, alimentos que suelen privilegiarse en los desayunos, combaten el estreñimiento.

Cuando se hace por fe

Por creencias filosóficas o religiosas, muchas personas hacen del ayuno una práctica frecuente. No se trata, sin embargo, de dejar de comer ni beber, sino de evitar alimentos sólidos, pero no los líquidos. Varios estudios han demostrado que, si la salud es buena, entre los 18 y los 60 años se puede ayunar medio día o un día completo, siempre que no sea una costumbre.

Esto sirve para limpiar el aparato digestivo, aunque la nutricionista Lucía Correa aseguró que hay que interrumpir si aparecen temblores, sudoración, taquicardia o debilidad, lo que indicaría que la sangre tiene bajo nivel de azúcar. Conviene consumir los líquidos necesarios para no deshidratarse.

Una fórmula ganadora, sugirió, es una porción de fruta: no tiene que ser una papaya entera, como creen algunos.

Del mismo modo, se debe incluir una proteína, que puede ser un huevo, una tajada de jamón o un pedazo de queso.

El carbohidrato puede ser una arepa, galletas, tostadas o pan. Mientras, los cereales integrales se pueden consumir a través de la avena o alimentos con fibra, y el lácteo con el café, chocolate en leche, o yogur.

Si tiene el hábito de ir al gimnasio en la mañana, consuma un carbohidrato saludable antes de entrenar –galletas integrales, por ejemplo– e hidrátese durante la actividad.

“Al terminar el ejercicio, la persona puede tener mucho apetito. Lo ideal es consumir un alimento rico en proteínas, porque ese es el momento en que el músculo está listo para un yogur o un pedazo de queso”, aconsejó la dietista Fanny Aldana.

El consumo de vitamina D no afecta la incidencia de cáncer ni de enfermedad cardiovascular

La suplementación con vitamina D no pareció influir en la incidencia de cáncer o eventos de enfermedad cardiovascular importantes en adultos mayores que en gran medida ya tenían niveles adecuados de vitamina D, según un nuevo estudio controlado aleatorizado.

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En la cohorte de casi 2500 individuos sanos, los investigadores no encontraron diferencias en la incidencia de cáncer o enfermedades cardiovasculares durante 5 años entre los grupos asignados aleatoriamente a la suplementación con vitamina D y al placebo.

Los hallazgos, publicados en versión electrónica el 4 de enero en American Journal of Clinical Nutrition, pueden estar influenciados por el hecho de que la mayoría de los participantes tenían suficientes niveles de vitamina D al inicio y, por lo tanto, recibieron dosis de vitamina D más altas que las recomendadas durante el estudio.

“La suplementación con vitamina D3 con 1.600 o 3.200 UI/día durante 5 años no redujo la incidencia de eventos importantes de enfermedad cardiovascular, ningún cáncer invasivo ni la mortalidad entre los adultos mayores generalmente sanos y con niveles adecuados de vitamina D en Finlandia”, escribieron los autores, dirigidos por Jyrki Virtanen, nutriólogo, Ph. D., profesor asociado de nutrición y salud pública en University of Eastern Finland, en Kuopio, Finlandia.

“El bajo número de sujetos con concentraciones bajas de vitamina D también nos sorprendió un poco, pero probablemente refleja la política de enriquecimiento de alimentos que es bastante exitosa en Finlandia”, declaró Virtanen a Medscape Noticias Médicas.

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Investigaciones anteriores han encontrado que la insuficiencia de vitamina D está asociada con un mayor riesgo de casi todas las enfermedades. Aunque la evidencia sobre los beneficios de la suplementación con vitamina D sigue siendo más limitada, tres metanálisis publicados en 2019 informaron una reducción constante y significativa de 13% en la mortalidad por cáncer en quienes recibieron suplementos de vitamina D.

En este estudio, Virtanen y sus colaboradores investigaron los efectos de la suplementación con vitamina D3 sobre la incidencia de cáncer y enfermedades cardiovasculares en una cohorte de 2.495 participantes sanos.

Los hombres de edad igual o mayor a 60 años y las mujeres de edad igual o mayor a 65 años fueron asignados aleatoriamente a uno de tres grupos: placebo, 40 microgramos (1.600 UI) de vitamina D3 diaria u 80 microgramos (3.200 UI) de vitamina D3 diaria.

Los datos recopilados al inicio y durante todo el ensayo incluyeron: concentraciones séricas de 25(OH)D, nutrición, exposición al sol, uso de medicamentos, salud mental y otros factores que podrían afectar el riesgo de enfermedad.

Los desenlaces primarios del estudio fueron incidentes de enfermedad cardiovascular mayor y cáncer invasivo. Los criterios de desenlace secundarios incluyeron la incidencia de infarto de miocardioictus y mortalidad por enfermedad cardiovascular, así como cánceres específicos y muerte por cáncer.

El seguimiento se realizó a través de cuestionarios de estudio anuales y datos del registro nacional. Una subcohorte representativa de 551 participantes tuvo evaluaciones en persona más detalladas. En la subcohorte, la concentración sérica media de 25(OH)D fue de 75 nmol/l (30 ng/ml) al inicio del estudio; 9,1% tenía concentraciones < 50 nmol/l (20 ng/ml) y 50,0% tenía concentraciones ≥ 75 nmol/l (30 ng/ml).

Los autores no identificaron diferencias importantes entre los tres grupos al inicio, pero notaron que, en comparación con la población general del estudio, los de la subcohorte eran más jóvenes, más propensos a usar sus propios suplementos de vitamina D y más propensos a calificar su salud como buena o excelente.

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Entre los 503 participantes que tenían datos completos desde el inicio, el aumento promedio de la 25(OH)D sérica en los participantes que recibieron 1.600 UI/día de vitamina D3 fue de 23,4 nmol/l (9,4 ng/ml) y 43,6 nmol/l (17,4 ng/ml) en el grupo que recibió 3.200 UI/día entre el inicio y los 6 meses. Los autores observaron un pequeño aumento adicional en los niveles entre los seguimientos de los 6 y los 12 meses, pero pocos cambios en los niveles de vitamina D3 en el grupo de placebo.

A los 5 años de seguimiento, se produjeron eventos de enfermedad cardiovascular importantes en el 4,9% de los participantes en el grupo de placebo, 5% en el grupo de 1.600 UI/d (hazard ratio [HR]: 0,97) y 4,3% en el grupo de 3.200 UI/día (HR: 0,84; p = 0,44). Se diagnosticó cáncer invasivo durante el seguimiento en el 4,9% de los que recibieron placebo, 5,8% de los que recibieron suplementos de 1.600 UI/día (HR: 1,14; p = 0,55) y 4,8% en el grupo de 3.200 UI/d (HR: 0,95; p = 0,81). No se observaron diferencias significativas en los desenlaces secundarios ni en la mortalidad total.

Los autores no realizaron un subanálisis en los participantes que tenían concentraciones bajas de 25(OH)D al inicio porque “había muy pocos participantes para hacer análisis significativos”, dijo Virtanen, quien señaló que las muestras de sangre estaban disponibles para un subgrupo representativo de 550 sujetos y solo 9% de ellos tenían concentraciones bajas de 25(OH)D al inicio.

Virtanen sugirió que los futuros ensayos de administración de suplementos de vitamina D deben enfocarse en reclutar participantes con niveles bajos de vitamina D.

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La detección sistemática inadecuada de diabetes es común en pacientes con virus de inmunodeficiencia humana

En la mayoría de las personas con virus de inmunodeficiencia humana y diabetes de tipo 2no se efectúan las detecciones sistemáticas recomendadas que son necesarias para prevenir complicaciones crónicas relacionadas con ese trastorno concomitante, según una investigación.

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“Pese al riesgo conocido en esta población de pacientes, la mayoría no estaban al día en las detecciones sistemáticas preventivas”, informaron Maya Hardman, Pharm. D., y sus colaboradores, del Southwest CARE Center, en Santa Fe, Estados Unidos, en la investigación presentada en el Congreso United States Conference on HIV/AIDS (USCHA) de 2021.

“Las detecciones sistemáticas preventivas pueden ayudar a identificar complicaciones crónicas de la diabetes en una etapa temprana, si se realizan a los intervalos recomendados”, escribieron en su artículo.

Se sabe que las personas con infección por virus de inmunodeficiencia humana tienen más riesgo de diabetes y de las complicaciones de la enfermedad a largo plazo, por lo que es necesaria la detección sistemática para prevenir estas complicaciones con cuanta mayor razón dado su estado de salud de mayor riesgo.

Entre las principales medidas sistemáticas de calidad de la atención para la diabetes recomendadas por el Conjunto de Datos e Información sobre la Eficacia de la Atención Sanitaria (HEDIS) para las personas con virus de inmunodeficiencia humana están las pruebas de hemoglobina glucosilada una vez cada 3 meses, los exámenes de los pies y fondos de ojos cada 12 meses, determinación del cociente albumina/creatinina (ACR) en orina cada 12 meses, y dos mediciones de la presión arterial controlada cada 12 meses.

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Para investigar las tasas de cumplimiento de las recomendaciones de cribado de HEDIS e identificar los predictores de un cumplimiento deficiente en las personas con virus de inmunodeficiencia humana, Hardman y sus colaboradores evaluaron los datos de 121 pacientes adultos en el Southwest CARE Centera los que se les había diagnosticado diabetes y virus de inmunodeficiencia humana y se les había tratado entre 2019 y 2020.

Los pacientes tenían una media de edad de 57,5, y 9% eran mujeres. Su duración media de positividad para virus de inmunodeficiencia humana era de 19,8 años, y tenían una puntuación de riesgo intermedia de enfermedad cardiovascular aterosclerótica(ASCVD) de 17,08%.

No obstante que se sabía que tenían diabetes, 93,4% de ellos no estaban al día en sus detecciones sistemáticas preventivas.

De los 121 pacientes, solo en 30 se habían realizado las detecciones de hemoglobina glucosilada recomendadas, en 37 se habían efectuado las determinaciones del ACR en orina recomendadas y solo en 18 se habían llevado a cabo las revisiones de pies recomendadas.

Solo las mediciones de la presión arterial, notificadas en 90 de los 121 pacientes, estaban al día en la mayoría de los pacientes en el grupo.

Al examinar los factores relacionados con el cumplimiento del cribado de hemoglobina glucosilada, solo la edad (odds ratio [OR]: 0,95; p = 0,04) fue un indicador significativo.

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Los autores señalaron que los exámenes sistemáticos para las complicaciones de la diabetes son relativamente fáciles de implementar.

“El cribado de estas complicaciones crónicas es mínimamente invasivo y puede ser realizado por personas con capacitación en la atención a la diabetes durante las consultas clínicas sistemáticas”.

En la investigación en curso que está realizando el equipo se están evaluando los posibles beneficios de los servicios de farmacia clínica para ayudar al cribado de los pacientes con virus de inmunodeficiencia humana.

La investigación que subraya el mayor riesgo y los peores resultados del tratamiento de diabetes en personas con virus de inmunodeficiencia humana incluye un estudioen donde se comparó a 337 personas con virus de inmunodeficiencia humana en 2005 con una cohorte de 338 participantes en 2015.

El estudio demostró que la prevalencia de diabetes de tipo 2 había aumentado a 15,1% en 2015 a partir de 6,8% de 10 años antes, para un relative risk de 2,4 en comparación con el de la población general.

“La alarmantemente alta prevalencia de la diabetes de tipo 2 en personas con virus de inmunodeficiencia humana exige un mejor cribado, dirigido a pacientes de mayor edad y a aquellos con una mayor duración de la exposición a los antirretrovirales”, afirman los autores.

“Se necesitan urgentemente estrategias eficaces de prevención y tratamiento de la diabetes para reducir este riesgo; tales intervenciones deben dirigirse a los factores de riesgo habituales, como la obesidad abdominal, lo mismo que los factores de riesgo específico de virus de inmunodeficiencia humana como el aumento de peso tras el inicio de antirretrovirales”.

Cabe destacar que la cohorte de 2015 era significativamente mayor y tenía un índice de masa corporal más alto y mayor hipertensiónque la cohorte de 2005.

El primer autor, Alastair Duncan, Ph. D., dietista principal en Guy’s & St. Thomas Hospital y profesor del King’s College London, en Inglaterra, señaló que desde que se publicó este estudio en 2015, la preocupación, especialmente por el aumento de peso en la población con virus de inmunodeficiencia humana no ha hecho más que aumentar.

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“El aumento de peso parece ser más un problema [ahora]”, dijo a Medscape Noticias Médicas en una entrevista.

“Al igual que en la población general, las personas que padecen infección por virus de inmunodeficiencia humana experimentaron un aumento de peso significativo durante los confinamientos relacionados con la COVID-19. Además del elevado número de personas que padecen la infección por virus de inmunodeficiencia humana en tratamiento con inhibidores de la integrasa, el aumento de peso sigue siendo problemático”.

Mientras tanto, “no hay suficientes estudios en que se compare a las personas que padecen la infección por virus de inmunodeficiencia humana con la población general”, añadió Duncan. “Necesitamos realizar estudios en los que los pacientes estén emparejados”.

La Dra. Sudipa Sarkar, quien es autora de un estudio sobre diabetes y virus de inmunodeficiencia humana publicado este año pero que no intervino en el estudio presentado en USCHA, señaló que el entorno asistencial podría desempeñar un papel importante en la calidad del cribado de la diabetes que reciben las personas con virus de inmunodeficiencia humana.

“Puede depender de factores tales como si un paciente está siendo objeto de seguimiento periódico por un proveedor de atención al virus de inmunodeficiencia humana y del sistema de salud más amplio en que se encuentre el paciente”, dijo a Medscape Noticias Médicas la Dra. Sarkar, profesora asistente de medicina de la División de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo en la Johns Hopkins University School of Medicine, en Baltimore, Estados Unidos.

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“Por ejemplo, se podrían encontrar diferencias entre un paciente que es atendido en un grupo de atención administrada o no”.

La cuestión de cómo se comparan las tasas sorprendentemente altas de cribado inadecuado en el estudio actual con el cribado sistemático en la población diabética general “es una buena interrogante y merece más investigación”, concluyó.

Los autores y la Dra. Sarkar han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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La diabetes está asociada al riesgo de enfermedad de Parkinson y una progresión más rápida de la enfermedad

La diabetes está asociada con el desarrollo de la enfermedad de Parkinson, así como con síntomas más graves y una progresión más rápida de la enfermedad, sugiere una nueva investigación.

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En una revisión sistemática, los pacientes con diabetes de tipo 2 tenían 34% más probabilidades de desarrollar enfermedad de Parkinson que aquellos sin diabetes comórbida. Además, los pacientes con ambas afecciones tenían puntuaciones significativamente peores en la escala unificada de la enfermedad de Parkinson (UPDRS) y un peor rendimiento cognitivo.

Juntos, los resultados sugieren que “la diabetes puede ser un factor facilitador de la neurodegeneración”, escribieron los investigadores dirigidos por el Dr. Gennaro Pagano, Ph. D., director médico experto de Pharma Research and Early Development de Roche, en Basilea, Suiza.

Los hallazgos fueron publicados en una edición reciente de Journal of Parkinson’s Disease.

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Preguntas sin respuesta

Los investigadores han propuesto durante mucho tiempo una posible relación entre la diabetes y la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, los estudios de casos y controles han arrojado resultados contradictorios sobre esta relación y las revisiones sistemáticas anteriores no han aclarado la cuestión.

En la revisión sistemática y el metanálisis actuales, los investigadores identificaron estudios relevantes en bases de datos como MEDLINE/PubMed, Cochrane CENTRAL y Scopus.

Los estudios elegibles informaron la prevalencia de diabetes en pacientes con enfermedad de Parkinson, la incidencia de la enfermedad en aquellos con y sin diabetes y analizaron el fenotipo y la progresión del Parkinson en aquellos con y sin diabetes.

Los investigadores identificaron 3.829 artículos en su búsqueda inicial, evaluaron 90 artículos en detalle e incluyeron 43 estudios en su análisis. La calidad de los estudios se consideró moderada o buena y los investigadores no encontraron sesgos de publicación significativos.

Se examinaron 21 estudios que abarcaron 11.396 pacientes para determinar la prevalencia de diabetes en la enfermedad de Parkinson. Esta prevalencia se calculó en 10,02%, que es similar a la prevalencia global de 9,3% reportada en 2019.

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Los investigadores también analizaron 12 estudios de cohortes que incluyeron a 17’797.221 pacientes para calcular el riesgo de enfermedad de Parkinson en pacientes con diabetes comórbida. El odds ratio (OR) resumido agrupado para la enfermedad de Parkinson incidente entre los pacientes con diabetes de tipo 2 fue de 1,34.

La evaluación del efecto de la diabetes sobre la gravedad de la enfermedad de Parkinson se basó en 10 estudios que incluyeron a 603 pacientes con ambas enfermedades. Debido a que los datos sobre los síntomas motores no estaban disponibles en todos los estudios, los investigadores consideraron el estadio en la escala de Hoehn y Yahr, la puntuación UPDRS y el deterioro cognitivo.

Los pacientes con ambas afecciones tenían un peor estadio de Hoehn y Yahr (diferencia de medias estandarizada [DME]: 0,36; p < 0,001) y una puntuación UPDRS más alta (DME: 0,60; p < 0,001). En siete de los 10 estudios, la diabetes se asoció con un peor rendimiento cognitivo en pacientes con enfermedad de Parkinson.

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Mecanismos inciertos

Los mecanismos del efecto de la diabetes sobre el riesgo y la gravedad de la enfermedad de Parkinson son inciertos, pero los investigadores han desarrollado hipótesis.

“Los mecanismos superpuestos entre la resistencia a la insulina, la disfunción mitocondrial, el estrés oxidativo y la expresión de alfa-sinucleína podrían influir en el desarrollo del proceso de neurodegeneración”, escribieron.

Debido a que el análisis actual demostró una tendencia hacia un deterioro cognitivo más pronunciado en pacientes con las comorbilidades, los médicos deben prestar especial atención a la progresión de los síntomas motores y cognitivos en pacientes con estas enfermedades, señalaron los investigadores.

“Se necesitan estudios adicionales para definir mejor el fenotipo clínico de los pacientes con enfermedad de Parkinson-diabetes y explorar el papel de los fármacos antidiabéticos en la progresión de la enfermedad de Parkinson”, destacaron.

Añadieron que también se necesitan estudios futuros para evaluar si los fármacos antidiabéticos podrían reducir el riesgo de enfermedad de Parkinson en estos pacientes.

Los investigadores notaron varias limitaciones de su investigación. En muchos de los estudios que examinaron, por ejemplo, los criterios de diagnóstico de la diabetes de tipo 2 y la enfermedad de Parkinson se basaron únicamente en registros médicos o cuestionarios de salud autoinformados. Rara vez se confirmaron los diagnósticos.

Además, no todos los estudios indicaron claramente que sus poblaciones presentaban diabetes de tipo 2. Finalmente, los pacientes con diabetes pueden tener un mayor riesgo de muerte cardiovascular, lo que podría afectar el seguimiento relacionado con el desarrollo de la enfermedad de Parkinson, señalaron los investigadores.

El Dr. Pagano es empleado de F. Hoffmann-La Roche.

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El ayuno intermitente funciona, al menos a corto plazo

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El ayuno intermitente puede conducir a la pérdida de peso y otros beneficios para la salud, al menos a corto plazo, sugiere una nueva investigación.


Los resultados combinados de un total de 130 ensayos clínicos muestran que el ayuno intermitente podría ayudar a reducir el peso, el índice de masa corporal (IMC), la grasa corporal, el colesterol “malo”, el azúcar en sangre en ayunas y la presión arterial, entre otros factores de riesgo asociados con la obesidad.


Dos tipos específicos de ayuno intermitente se asociaron con una pérdida de peso significativa y otros beneficios para la salud. Uno, llamado ayuno en días alternos modificado, implica alternar un día de alimentación habitual con no consumir más de 600 al día siguiente.
La otra, llamada “Dieta 5: 2” es similar, pero implica 2 días a la semana de alimentación con cero o muy pocas calorías y 5 días de alimentación normal.


Menos beneficiosos fueron la alimentación con restricción de tiempo, que implica ayuno de 12 a 24 horas por día y “ayuno en días alternos sin calorías”, donde no se consumen alimentos cada dos días.
“Nuestros resultados respaldan el papel del ayuno intermitente, especialmente el ayuno en días alternos modificado, en adultos con sobrepeso u obesidad como un enfoque de pérdida de peso con otros beneficios para la salud. Pero las personas primero deben consultar a sus médicos”, dijo el autor principal de la investigación, Chanthawat. Patikorn, de la Universidad de Chulalongkorn en Tailandia.


Y hay un inconveniente importante: la mayoría de los estudios duraron solo unos 3 meses.
Entre los que duraron más tiempo, la pérdida de peso pareció estabilizarse en aproximadamente 6 meses, ya sea porque el cuerpo se adaptó al patrón de alimentación o porque los participantes no pudieron seguir las dietas.


“Todavía nos faltan datos para ver si podrían funcionar a largo plazo. Vemos pérdida de peso y mejores perfiles metabólicos, pero aún no sabemos si el ayuno intermitente puede reducir la muerte o los eventos cardiovasculares”, dice Patikorn.

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Por otro lado, “yo diría que si el paciente está interesado en hacer ayuno intermitente, no hay evidencia de que sea algo malo”.


Sin embargo, advirtió que los patrones en los que no se consume nada durante períodos prolongados pueden representar un peligro para las personas con diabetes que usan insulina o que son propensas a tener niveles bajos de azúcar en sangre (hipoglucemia). 5: 2, se asociaron con una pérdida de peso del 5% o más del peso corporal total en adultos con sobrepeso u obesidad.


Y con la dieta 5: 2, la pérdida de peso se mantuvo entre los 6 y 12 meses. El ayuno en días alternos modificado también se asoció con mejoras a los 2 a 12 meses en los factores de riesgo de enfermedades cardíacas como el colesterol total, el colesterol “malo”, los triglicéridos y la presión arterial.
Los hallazgos se publicaron en línea el 17 de diciembre en JAMA Network Open.
Otro ensayo muestra un efecto modesto, un problema de resistencia similar

En otro ensayo aleatorizado de 1 año publicado el 17 de noviembre de 2021, en PLOS One, 300 adultos con obesidad fueron aleatorizados a una dieta 5: 2 con instrucciones de autoayuda, la misma dieta más seis sesiones semanales de apoyo grupal, o simplemente Consejos estándar sobre dieta y actividad física. El grupo de autoayuda 5: 2 se mantuvo firme inicialmente, pero solo un tercio seguía la dieta a los 6 meses y solo alrededor de un quinto al año. La pérdida de peso a los 6 meses y al año fue similar entre los grupos de autoayuda 5: 2 y de asesoramiento estándar (alrededor de 4 libras).

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La dieta 5: 2 con apoyo grupal se asoció con más pérdida de peso que la autoayuda 5: 2 a las 6 semanas, pero no hubo diferencia al año.


Mirándolo de manera más positiva, el 18% del grupo de autoayuda 5: 2 había perdido más del 5% de su peso corporal en 1 año, y los participantes dieron calificaciones favorables al plan 5: 2.
Los investigadores de ese estudio, el profesor de psicología clínica de la Universidad Queen Mary de Londres Peter Hajek y sus colegas, concluyen que “una sugerencia para probar 5: 2 podría proporcionarse en una consulta rápida y ser útil especialmente para los pacientes que no se han beneficiado del consejo estándar . “


Patikorn señaló que hasta ahora ningún estudio ha comparado los diferentes tipos de dietas intermitentes de forma directa, por lo que “el mejor tipo de ayuno intermitente es aquel al que las personas realmente pueden apegarse a largo plazo”.


Fuentes

Red JAMA abierta: “Ayuno intermitente y resultados de salud relacionados con la obesidad”.
Plos One: “Un ensayo controlado aleatorio de la dieta 5: 2”.

Dar mayor prioridad al control del colesterol en la diabetes

Los médicos deben prestar más atención a los niveles elevados de colesterol de lipoproteínas de baja densidad, un marcador de riesgo de enfermedades cardiovasculares en pacientes con diabetes de tipo 2, indica un nuevo estudio poblacional realizado en Finlandia.

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En el estudio, publicado en la versión electrónica de Scientific Reports, los autores demostraron que el control del colesterol de las lipoproteínas de baja densidad y la prescripción de estatina siguen siendo no óptimos en esta población de pacientes en la práctica clínica.

Identificaron cuatro trayectorias de colesterol de lipoproteínas de baja densidad a 5 años, junto con niveles simultáneos de tratamiento con estatina. Los porcentajes de pacientes de cada grupo fueron:

  • Colesterol de lipoproteínas de baja densidad moderadamente estable: 2,3 mmol/l (90 mg/dl): 86%.
  • Colesterol de lipoproteínas de baja densidad estable alto: 3,9 mmol/l (152 mg/dl): 7,7%.
  • Disminución del colesterol de lipoproteínas de baja densidad: 3,8%.
  • Aumento del colesterol de lipoproteínas de baja densidad: 2,5%.

“El segundo grupo más grande estaba formado por pacientes predominantemente no tratados (7,7%) con niveles de colesterol de lipoproteínas de baja densidad alarmantemente ‘altos estables’ de cerca de 3,9 mmol/l”, destacaron los investigadores.

Y entre los pacientes con colesterol de lipoproteínas de baja densidad “creciente”, el tratamiento con estatina “disminuyó drásticamente”.

Además, a 42% de los pacientes no se les había prescrito estatinas al final del seguimiento.

Estos hallazgos muestran que “es necesario redoblar esfuerzos para controlar el colesterol de lipoproteínas de baja densidad en especial en pacientes con niveles continuamente elevados, iniciando e intensificando el tratamiento con estatina antes y reiniciando el tratamiento después de la interrupción, si es posible”, indicó a Medscape Noticias Médicas la autora principal, Laura Inglin, maestra en salud pública.

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Hablar con los pacientes de los riesgos frente a los beneficios de las estatinas 

Es posible que los pacientes no comprendan los beneficios frente a los posibles efectos secundarios de las estatinas, señaló Inglin, del Institute of Public Health and Clinical Nutrition, de la University of Eastern Finland, en Kuopio, Finlandia.

Para mejorar el control de los niveles de colesterol, “las conversaciones entre médico y paciente son cruciales, a fin de abordar los riesgos-beneficios y los objetivos del tratamiento y ofrecer fuentes acreditadas” de información sobre las estatinas.

Cuando los pacientes suspenden el tratamiento con estatinas “los médicos deben intentar reiniciar otra estatina o reducir la dosis si es posible, apegándose a las guías sobre cómo hacerlo”, ya que en otras investigaciones se ha informado de que más de 70% de los pacientes que suspenden una estatina debido a sus efectos secundarios, la toleran cuando la reinician, destacó Inglin.

En el estudio también se identificaron diferencias de sexo, continuó. En comparación con los hombres, las mujeres tenían niveles medios de colesterol de lipoproteínas de baja densidad significativamente más altos, pero era menos probable que se les prescribiera una estatina o que se les recetara una dosis más baja de estatina y era más probable que interrumpieran el tratamiento con estatina.

Cuatro trayectorias de las lipoproteínas de baja densidad con diferencias en el tratamiento con estatina

Los perfiles lipídicos no óptimos, en especial el colesterol de lipoproteínas de baja densidad elevado, están muy relacionados con la enfermedad cardiovascular aterosclerótica en individuos con diabetes de tipo 2, informaron Inglin y sus colaboradores.

“Para prevenir o al menos retrasar las complicaciones, en la atención médica de la diabetes son cruciales las consultas regulares y el seguimiento y un buen control de la hemoglobina glucosilada, el colesterol de lipoproteínas de baja densidad, la presión arterial y otros factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares. Las guías han identificado sistemáticamente las estatinas como el principal tratamiento hipolipidemiante, recomendado sobre todo con una intensidad moderada o alta”, señalaron.

Los investigadores se propusieron identificar las trayectorias del nivel de colesterol de lipoproteínas de baja densidad y el tratamiento con estatina concomitante en pacientes con diabetes de tipo 2.

Identificaron 8.592 pacientes, 4.622 hombres (54%) y 3.970 mujeres (46%), con diabetes de tipo 2 atendidos por médicos de atención primaria o especialistas en Karelia del Norte, al Este de Finlandia, entre 2011 y 2017.

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Durante este tiempo, al igual que otras guías internacionales, la Finnish Current Care Guideline recomendaba evaluar los niveles de colesterol de lipoproteínas de baja densidad cada 1 a 3 años en pacientes con diabetes de tipo 2, con objetivos de tratamiento de colesterol de lipoproteínas de baja densidad < 2,5 mmol/l (< 100 mg/dl) para aquellos con alto riesgo de enfermedad cardiovascular a consecuencia de la diabetes y objetivos < 1,8 mmol/l (< 70 mg/dl) o una reducción de 50% a partir del inicio en aquellos con un alto riesgo de enfermedad cardiovascular a causa de factores de riesgo adicionales.

Al inicio del estudio los hombres tenían una media de 66 años de edad y habían padecido diabetes durante ocho años; 60% recibía una estatina y 56% tenía colesterol de lipoproteínas de baja densidad < 2,5 mmol/l.

Las mujeres tenían un promedio de edad de 69 años y habían padecido diabetes durante 8 años; 56% estaba recibiendo una estatina y 51% tenía colesterol de lipoproteínas de baja densidad < 2,5 mmol/l.

Los investigadores identificaron las cuatro trayectorias distintas de colesterol de lipoproteínas de baja densidad, cada una con diferencias en el tratamiento con estatina.

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En el grupo con colesterol de lipoproteínas de baja densidad “moderadamente estable”, 67% de los hombres y 64% de las mujeres recibían una estatina y las tasas de estatina de alta intensidad aumentaron tanto en hombres como en mujeres.

En el grupo con colesterol de lipoproteínas de baja densidad “altamente estable”, las tasas de utilización de estatina disminuyeron de 42% a 27% en los hombres y de 34% a 23% en las mujeres.

En el grupo con colesterol de lipoproteínas de baja densidad “decreciente”, la proporción de pacientes que requirieron una estatina aumentó; el porcentaje de pacientes que recibieron una estatina de alta intensidad también se incrementó en los hombres (de 6,2% a 29%) y en las mujeres (de 7,7% a 14%).

En el grupo con colesterol de lipoproteínas de baja densidad “en aumento”, el porcentaje de pacientes que recibieron una estatina disminuyó desde más de 64% hasta menos de 43%.

“Los médicos deberían redoblar esfuerzos para alcanzar los objetivos del tratamiento de colesterol de lipoproteínas de baja densidad, especialmente en el grupo de pacientes con niveles de colesterol de lipoproteínas de baja densidad constantemente elevados, prestando atención a la iniciación más temprana del tratamiento con estatinas, la intensificación de los tratamientos cuando sea necesario y la reiniciación si es posible”, reiteraron los investigadores.

“Los resultados de nuestro estudio pueden servir de apoyo a los médicos para identificar a los pacientes que necesitan un seguimiento más estrecho aparte de una medición puntual”, concluyeron.

El estudio fue financiado en parte por el Consejo de Investigación Estratégica de la Academia de Finlandia (proyecto IMPRO), la Asociación Finlandesa de Diabetes y el Comité de Investigación del Hospital Universitario de Kuopio para la Financiación Estatal de la Investigación (proyecto QCARE). Los autores han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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¿Qué tan común es la remisión de pacientes con diabetes tipo 2?

Las vías clínicas están cambiando para incorporar apoyo y seguimiento apropiado para que las personaslogren la remisión de la diabetes tipo 2, pero existe un conocimiento limitado de la prevalencia de la remisión en la práctica actual o de las características de los pacientes asociadas con la remisión.

En la investigación se realizó un estudio transversal estimando la prevalencia de remisión de la diabetes tipo 2 en todos los adultos en Escocia mayores de 30 años diagnosticados con diabetes tipo 2.

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El resultado arrojo que el 4,8 % de las personas con diabetes tipo 2 de la población del estudio presentaron remisión de la diabetes tipo 2.

Los que lograron la remisión tenían más probabilidades de ser mayores, de tener una hemoglobina glicosilada (HbA1c) más baja en el momento del diagnóstico, de no estar tomando medicamentos para reducir la glucosa y de haber perdido peso desde el diagnóstico, algunos mediante procedimientos de cirugía bariátrica.

Finalmente, el conocimiento de las características de quienes logran la remisión puede servir de base para futuras iniciativas de tratamiento, según los resultados arrojados por la investigación.

Control de la sangre en pacientes con diabetes tipo 2: ¿Qué puedes hacer?

La literatura médica indica que los pacientes con diabetes tipo 2, tienen dos aspectos primordiales a los que debe prestar atención, ya que el páncreas no produce suficiente insulina, es decir, la hormona que regula el movimiento del azúcar en tus células, y las células no responden de manera adecuada a la insulina y consumen menos azúcar.

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En Puerto Rico la diabetes es la segunda enfermedad crónica que más afecta a la población, así lo indicó el doctor Yussel García, médico internista y director médico del Hospital de La Concepción, en Puerto Rico, en entrevista exclusiva con Medicina y Salud Pública. 

“En la actualidad hay más de medio millón de personas con diabetes solo en Puerto Rico y el mayor riesgo en el que están estos pacientes, no se encuentra directamente en la diabetes sino en las complicaciones que esta trae, ya que si no se hace control de esta enfermedad, se pueden presentar complicaciones cardiovasculares, en los riñones y en el cerebro”, indicó el galeno. 

El Dr. García aseguró que es importante señalar que algunos especialistas durante el proceso de tratamiento de la enfermedad no ven necesaria una restricción tan estricta de los carbohidratos, pero para equilibrar la salud del paciente, sí se debe disminuir su consumo paulatino, para permitir que el hígado recupere sus funciones. 

Es fundamental que los pacientes reconozcan los cambios en su cuerpo, y de esta manera consultar con su médico para determinar el tratamiento adecuado con las dosis exactas y adaptar el plan complementario de alimentación y  ejercicio. 

“Lo primero que hay que saber es lo que está pasando en el cuerpo, entre lo que es el azúcar en la sangre, la insulina y otro componente llamado glucagón que es la hormona encargada de elevar el nivel de glucosa”, explicó el Dr. García.

En conclusión los pacientes con diabetes tipo 2 requieren una dieta que sea de bajo contenido calórico y rica en fibra, en el que se incluyan vegetales, así como frutas, cereales integrales, legumbres y frutos secos. También es conveniente que no se consuman productos procesados, principalmente los ricos en azúcares añadidos.

Expertos instan a incluir la prescripción de ejercicio en las pautas dirigidas a la población general y no solo en los casos de obesidad

En España, 39,3% de la población tiene sobrepeso y 22% presenta obesidad, cifras que aumentan en entornos con un menor nivel socioeconómico, en el sexo masculino y con la edad. Sin embargo, la evidencia refleja cómo siguiendo un patrón de dieta mediterránea de alimentación y eliminando las barreras para desarrollar la actividad física, la prevalencia de las enfermedades provocadas o favorecidas por el exceso de peso disminuye considerablemente. Estas son las principales conclusiones del estudio ENPE, que fueron comentadas en el marco de la I Jornadas de Ejercicio y Salud en Personas con Obesidad, organizadas por la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO).

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En este foro, profesionales de distintos ámbitos de la salud (médicos, fisioterapeutas, nutricionistas, entrenadores) manifestaron la necesidad de valorar la importancia de integrar la práctica habitual de ejercicio físico no solo en el abordaje de los pacientes con sobrepeso/obesidad, sino de forma generalizada a toda población.

“Es necesario hacer ejercicio a todas las edades para tener una condición física óptima, es decir, buenos niveles de fuerza y buena capacidad cardiorrespiratoria. Se sabe que el cuerpo tiene memoria para retomar el ejercicio y mejorar más rápidamente la condición física en la edad adulta cuando se ha realizado actividad física regular durante la infancia y la adolescencia, y también que con una buena condición física se puede reducir el riesgo de ciertas enfermedades e incluso revertirlas”, declaró a Medscape en español Javier Butragueño, doctor en ciencias de la actividad física y del deporte, coordinador del Grupo de Trabajo de Ejercicio Físico de la SEEDO (GTE-SEEDO) y principal responsable de estas jornadas.

Butragueño hizo un repaso a las últimas evidencias respecto a los beneficios que tiene la práctica habitual de ejercicio sobre la salud: “Mejora la sensibilidad a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado (tan habitual en personas con obesidad), la tensión arterial, el funcionamiento de las mitocondrias y, por tanto, el equilibrio energético. Asimismo, tiene un efecto positivo sobre la masa muscular y la densidad mineral ósea, la memoria, la capacidad cognitiva y los síntomas de depresión; mejora las enfermedades autoinmunes y en el caso del cáncer, tiene efectos beneficiosos sobre la caquexia y la calidad de vida”.

“Si hoy nos dispusiéramos a encontrar un solo fármaco que sea capaz de reportar todos estos beneficios, veríamos que es algo imposible, lo que pone en evidencia hasta qué punto es determinante prescribir la práctica de ejercicio físico a la población”, destacó el especialista, añadiendo que las patologías en las que este efecto positivo parece ser más relevante.

“En personas con diabetes de tipo 2 se ha visto que una correcta alimentación y un ejercicio bien pautado podría revertir, no eliminar, la enfermedad. Asimismo, en personas con obesidad mejora considerablemente la calidad de vida y en pacientes con cáncer, como terapia coadyuvante, el ejercicio ha mostrado tener muy buenos resultados junto a otros tratamientos. Es decir, todavía no se conoce una sola enfermedad que no se vea beneficiada por un correcto programa de ejercicio pautado y supervisado por un educador físico deportivo especializado”, agregó.

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Cualquier intensidad (no solo la alta) aporta beneficios

Francisco Ortega, doctor en fisiología del ejercicio y ciencias médicas, responsable de la Unidad de Investigación en Actividad Física y Promoción de la Salud en el Instituto Mixto Universitario Deporte y Salud (iMUDS), analizó el cuerpo de evidencia recogido en los últimos 10 a 15 años respecto a los beneficios de la práctica de ejercicio, destacando que en este sentido hay que tener en cuenta dos conceptos distintos: cómo se asocia la actividad física con la mortalidad y de qué forma contrarresta su práctica el sedentarismo.

“Se ha visto que hay una tendencia lineal respecto al riesgo de mortalidad, de forma que las personas menos activas y más sedentarias tienen mayor riesgo y viceversa. Así, por ejemplo, está demostrado que un nivel de sedentarismo por encima de las 9,5 horas al día aumenta notablemente este riesgo. Por otro lado, los datos más recientes concluyen que en todas las variables de actividad física hay beneficios, aunque las mayores ventajas se obtienen al principio, cuando una persona pasa de ser inactiva a realizar algo de actividad física”, señaló Ortega.

“Todas estas evidencias han tenido un importante impacto en las pautas actuales respecto a la actividad física, ya que ahora está claro que todas las intensidades (y no solo la actividad vigorosa), incluyendo las bajas, se asocian a una reducción sustancial del riesgo de muerte. Por tanto, todo movimiento cuenta”, añadió el especialista.

Durante las jornadas también se abordó el efecto coste-beneficio derivado de la promoción de la práctica de la actividad física. En este contexto se comentaron los datos más recientes al respecto (informe de 2016) según los cuales la estimación de casos de exceso de peso en España fueron de 25’500.000 euros, cuyo sobrecoste médico directo supuso mil 950 millones de euros/año. Las previsiones apuntan que si se mantiene esta tendencia, en el periodo 2016-2030 aparecerán 3’100.000 nuevos casos de sobrepeso, alcanzando un sobrecoste médico directo de 3.000 millones de euros/año.

“De este y otros estudios que han evaluado el coste que el sedentarismo tiene para el sistema de salud y para la población, se desprende que una reducción de 10% de las personas inactivas se traduciría en aproximadamente 533.000 vidas salvadas; mientras que si esta reducción alcanzara 25%, el número de vidas salvadas sería de 1,3 millones”, comentó Ortega.

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Cardio y fuerza, la mejor combinación

Partiendo de la base de que toda actividad física es beneficiosa y respecto a si hay alguna que sea más “completa” en el sentido de que aporte más beneficios a un mayor número de patologías, Butragueño señaló que se ha visto que el ejercicio de fuerza es clave para mejorar la aptitud muscular en muchas enfermedades, pero la capacidad cardiorrespiratoria resulta determinante para suministrar oxígeno a los sistemas del organismo.

“Por tanto, ambos tipos de actividad, de fuerza y cardiorrespiratoria, tienen un componente fundamental en la mejora de la salud. En este sentido, se ha comprobado cómo en los primeros meses de desarrollar una patología, el entrenamiento concurrente (fuerza más resistencia) supone una buena estrategia para mejorar la condición física. Posteriormente se debe especializar el ejercicio y centrarse más en una de las variables, dependiendo de la enfermedad y de la persona. En cualquier caso, siempre se debe complementar con actividad física diaria, es decir, con movimiento. Se recomienda al menos, como una dosis mínima, intentar realizar 7.500 pasos diarios para experimentar una mejora en el estado de salud”, afirmó Butragueño.

Por su parte, Ortega señaló que existe suficiente evidencia científica que indica que la actividad física de resistencia (ciclismo, carrera, etc.) o el trabajo de fuerza (muscular), incluso sin producir pérdida de peso, favorecen a la salud de forma significativa. “La pérdida de peso es un objetivo indudable, pero con el ejercicio se pueden obtener mejoras, aun cuando el peso se resista a bajar. Hay que concientizar a la población respecto a que el hecho de hacer actividad física es beneficioso para su bienestar y para la prevención de enfermedades, independientemente de la báscula”.

“Receta deportiva”: cuándo, cómo y por qué

Para Butragueño la combinación de ejercicio más actividad física diaria es una excelente estrategia a incluir en la prescripción médica habitual, siempre y cuando se paute correctamente, sobre todo en determinadas patologías, opinión compartida por Ortega, quien hizo hincapié en la necesidad de prescribir ejercicio físico como parte fundamental de la cartera de servicios en todos los sistemas de salud, tanto a nivel ambulatorio como hospitalario, y de que esta pauta se continúe y potencie en los centros deportivos, con profesionales especializados en el tema. “Es más, una vez vistas las evidencias médicas al respecto y teniendo en cuenta que, en base a ellas es obvio que el ejercicio es medicina, cabe plantearse hasta qué punto es ético no prescribirlo”, expuso.

En el caso concreto de los pacientes con obesidad, Ortega destacó la importancia que tiene integrar las pautas de actividad física en el paradigma de atención a estas personas, en las que la prescripción de ejercicio es determinante. Butragueño señaló que en estos pacientes hay que tener en cuenta variables como la distribución de la grasa, la condición física, el estado psicológico previo, el número de dietas seguidas anteriormente, etc., de ahí la necesidad de contextualizar y personalizar aún más, si cabe, esta prescripción.

“Por otro lado, además del peso debemos tener en cuenta los niveles de fuerza iniciales, la capacidad respiratoria, el tiempo y el material disponibles, el lugar dónde entrenar y el compromiso por parte de la familia para ayudar a que la persona pueda cumplir de manera adecuada. Si no se entrena de manera continuada y con la progresión correcta no se verán los beneficios que reporta el movimiento”, comentó Butragueño.

La cuestión es cómo integrar esta recomendación en las pautas asistenciales que se ofrecen habitualmente a la población. “La prescripción debería ser realizada por parte del médico, quien ha de tener conocimientos mínimos sobre la práctica de ejercicio. Es preciso disponer de un buen posicionamiento al respecto, que sirva de guía para la comunidad médica y también que se puedan estandarizar el lenguaje y la dosis de ejercicio. Y por supuesto, tanto la ‘terapia’ (tipo/frecuencia de ejercicio) como la prescripción deben ser individualizadas, ya que el contexto y la fisiopatología de cada persona son distintos”, explicó el Dr. Butragueño.

“Por otro lado, los educadores físicos colegiados y especializados deben dispensar esta receta médica adaptando las necesidades a cada persona y a cada contexto. Pero para eso deben estar integrados en el sistema sanitario, mediante estrategias que dejen de contemplar la actividad física solo como una cuestión de ocio y no de salud”, añadió el especialista.

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Trabas a la estandarización de la prescripción

Los participantes en las jornadas coincidieron en que hasta hoy, conseguir esa prescripción sigue siendo una asignatura pendiente, debido a varias razones. Para Butragueño, el principal obstáculo es que los graduados/licenciados en Ciencias de la actividad física y del deporte no forman parte de las profesiones sanitarias, “y, por tanto, no podemos aportar ni generar grupos de trabajo, porque no está contemplado que trabajen en equipo con la sanidad pública. En lo que se refiere a la sanidad privada, se ha visto que cuando se integran educadores físicos deportivos en los grupos, la mayoría de las enfermedades mejora su estado previo. Esta es una realidad que debemos aceptar y ponernos manos a la obra para poder ofrecer este servicio a toda la sociedad”.

Otro de los obstáculos señalados por Butragueño es que en la formación en medicina no se le ha dado la importancia que tiene tanto al ejercicio como al sistema musculoesquelético en la salud de las personas: “Se tiende a estudiar más la enfermedad y cómo curarla que la manera de prevenirla. Además, no hay formación específica sobre los beneficios que reporta el ejercicio a nivel fisiológico y en consecuencia, algo que no se conoce, no se puede prescribir”.

Asimismo, aún queda mucho por hacer para lograr que la población se “tome en serio” la práctica habitual de ejercicio físico. Para Ortega, que fue uno de los profesionales que participó en uno de los grupos de trabajo de la OMS que elaboró las nuevas guías sobre actividad física con el lema “Cada movimiento cuenta para mejorar la salud”, es prioritario conseguir que penetre el mensaje de que incluso siendo sedentarios, aumentar el nivel de actividad física puede disminuir el riesgo de mortalidad; que a mayor actividad física menor riesgo de enfermedad y que todas las intensidades de ejercicio (incluso la actividad ligera) cuentan.

Butragueño consideró que es necesario reflexionar y evaluar correctamente lo que ha ocurrido en los últimos 40 años, “en el sentido de que los datos de obesidad y sobrepeso han aumentado considerablemente, sobre todo entre la población infantil; las previsiones respecto a las personas con obesidad con diabetes para 2045 son terroríficas y el riesgo de padecer diferentes tipos de cáncer (hasta 13) relacionados con la obesidad ha aumentado entre 10% y 15%. Es obvio que hemos fallado con el mensaje”.

En el caso concreto de España, Butragueño aludió a la publicación reciente de unas fichas informativas por parte de la OMS sobre el estado de inactividad física y las respuestas de las políticas nacionales al respecto: “En base a este informe, puede parecer que la situación en nuestro país en cuanto al sedentarismo no es preocupante, pero la realidad que vivimos es otra y los datos demuestran que algo está fallando en la comunicación a la población”.

“Por ejemplo, todavía estamos inmersos en el debate de que sea necesario incorporar una tercera hora de educación física en el colegio. Se sigue considerando una asignatura ‘menor’ y mucha gente habla de salud y bienestar sin darse cuenta de que todo esto comienza en la escuela y en edades tempranas mediante el movimiento diario y el ejercicio”.

“Yo le daría una mayor carga al ejercicio físico en el ámbito escolar y preguntaría a los padres: ‘¿Usted quiere que su hijo/a tenga éxito en la vida?’. La respuesta seguramente sería que sí y por eso quieren que estudien. Posteriormente preguntaría: ‘¿Usted quiere que su hijo/a tenga salud?’. Entonces tiene que dar la importancia a las variables que la generan. En este caso, el entrenamiento y la actividad física han demostrado tener un gran potencial. Considero que plantear este tipo de preguntas generaría más cambios que cualquier política pública”, concluyó el especialista.

Butragueño, Ph. D., y Ortega, Ph. D., han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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