Expertos instan a incluir la prescripción de ejercicio en las pautas dirigidas a la población general y no solo en los casos de obesidad

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En España, 39,3% de la población tiene sobrepeso y 22% presenta obesidad, cifras que aumentan en entornos con un menor nivel socioeconómico, en el sexo masculino y con la edad. Sin embargo, la evidencia refleja cómo siguiendo un patrón de dieta mediterránea de alimentación y eliminando las barreras para desarrollar la actividad física, la prevalencia de las enfermedades provocadas o favorecidas por el exceso de peso disminuye considerablemente. Estas son las principales conclusiones del estudio ENPE, que fueron comentadas en el marco de la I Jornadas de Ejercicio y Salud en Personas con Obesidad, organizadas por la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO).

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En este foro, profesionales de distintos ámbitos de la salud (médicos, fisioterapeutas, nutricionistas, entrenadores) manifestaron la necesidad de valorar la importancia de integrar la práctica habitual de ejercicio físico no solo en el abordaje de los pacientes con sobrepeso/obesidad, sino de forma generalizada a toda población.

“Es necesario hacer ejercicio a todas las edades para tener una condición física óptima, es decir, buenos niveles de fuerza y buena capacidad cardiorrespiratoria. Se sabe que el cuerpo tiene memoria para retomar el ejercicio y mejorar más rápidamente la condición física en la edad adulta cuando se ha realizado actividad física regular durante la infancia y la adolescencia, y también que con una buena condición física se puede reducir el riesgo de ciertas enfermedades e incluso revertirlas”, declaró a Medscape en español Javier Butragueño, doctor en ciencias de la actividad física y del deporte, coordinador del Grupo de Trabajo de Ejercicio Físico de la SEEDO (GTE-SEEDO) y principal responsable de estas jornadas.

Butragueño hizo un repaso a las últimas evidencias respecto a los beneficios que tiene la práctica habitual de ejercicio sobre la salud: “Mejora la sensibilidad a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado (tan habitual en personas con obesidad), la tensión arterial, el funcionamiento de las mitocondrias y, por tanto, el equilibrio energético. Asimismo, tiene un efecto positivo sobre la masa muscular y la densidad mineral ósea, la memoria, la capacidad cognitiva y los síntomas de depresión; mejora las enfermedades autoinmunes y en el caso del cáncer, tiene efectos beneficiosos sobre la caquexia y la calidad de vida”.

“Si hoy nos dispusiéramos a encontrar un solo fármaco que sea capaz de reportar todos estos beneficios, veríamos que es algo imposible, lo que pone en evidencia hasta qué punto es determinante prescribir la práctica de ejercicio físico a la población”, destacó el especialista, añadiendo que las patologías en las que este efecto positivo parece ser más relevante.

“En personas con diabetes de tipo 2 se ha visto que una correcta alimentación y un ejercicio bien pautado podría revertir, no eliminar, la enfermedad. Asimismo, en personas con obesidad mejora considerablemente la calidad de vida y en pacientes con cáncer, como terapia coadyuvante, el ejercicio ha mostrado tener muy buenos resultados junto a otros tratamientos. Es decir, todavía no se conoce una sola enfermedad que no se vea beneficiada por un correcto programa de ejercicio pautado y supervisado por un educador físico deportivo especializado”, agregó.

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Cualquier intensidad (no solo la alta) aporta beneficios

Francisco Ortega, doctor en fisiología del ejercicio y ciencias médicas, responsable de la Unidad de Investigación en Actividad Física y Promoción de la Salud en el Instituto Mixto Universitario Deporte y Salud (iMUDS), analizó el cuerpo de evidencia recogido en los últimos 10 a 15 años respecto a los beneficios de la práctica de ejercicio, destacando que en este sentido hay que tener en cuenta dos conceptos distintos: cómo se asocia la actividad física con la mortalidad y de qué forma contrarresta su práctica el sedentarismo.

“Se ha visto que hay una tendencia lineal respecto al riesgo de mortalidad, de forma que las personas menos activas y más sedentarias tienen mayor riesgo y viceversa. Así, por ejemplo, está demostrado que un nivel de sedentarismo por encima de las 9,5 horas al día aumenta notablemente este riesgo. Por otro lado, los datos más recientes concluyen que en todas las variables de actividad física hay beneficios, aunque las mayores ventajas se obtienen al principio, cuando una persona pasa de ser inactiva a realizar algo de actividad física”, señaló Ortega.

“Todas estas evidencias han tenido un importante impacto en las pautas actuales respecto a la actividad física, ya que ahora está claro que todas las intensidades (y no solo la actividad vigorosa), incluyendo las bajas, se asocian a una reducción sustancial del riesgo de muerte. Por tanto, todo movimiento cuenta”, añadió el especialista.

Durante las jornadas también se abordó el efecto coste-beneficio derivado de la promoción de la práctica de la actividad física. En este contexto se comentaron los datos más recientes al respecto (informe de 2016) según los cuales la estimación de casos de exceso de peso en España fueron de 25’500.000 euros, cuyo sobrecoste médico directo supuso mil 950 millones de euros/año. Las previsiones apuntan que si se mantiene esta tendencia, en el periodo 2016-2030 aparecerán 3’100.000 nuevos casos de sobrepeso, alcanzando un sobrecoste médico directo de 3.000 millones de euros/año.

“De este y otros estudios que han evaluado el coste que el sedentarismo tiene para el sistema de salud y para la población, se desprende que una reducción de 10% de las personas inactivas se traduciría en aproximadamente 533.000 vidas salvadas; mientras que si esta reducción alcanzara 25%, el número de vidas salvadas sería de 1,3 millones”, comentó Ortega.

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Cardio y fuerza, la mejor combinación

Partiendo de la base de que toda actividad física es beneficiosa y respecto a si hay alguna que sea más “completa” en el sentido de que aporte más beneficios a un mayor número de patologías, Butragueño señaló que se ha visto que el ejercicio de fuerza es clave para mejorar la aptitud muscular en muchas enfermedades, pero la capacidad cardiorrespiratoria resulta determinante para suministrar oxígeno a los sistemas del organismo.

“Por tanto, ambos tipos de actividad, de fuerza y cardiorrespiratoria, tienen un componente fundamental en la mejora de la salud. En este sentido, se ha comprobado cómo en los primeros meses de desarrollar una patología, el entrenamiento concurrente (fuerza más resistencia) supone una buena estrategia para mejorar la condición física. Posteriormente se debe especializar el ejercicio y centrarse más en una de las variables, dependiendo de la enfermedad y de la persona. En cualquier caso, siempre se debe complementar con actividad física diaria, es decir, con movimiento. Se recomienda al menos, como una dosis mínima, intentar realizar 7.500 pasos diarios para experimentar una mejora en el estado de salud”, afirmó Butragueño.

Por su parte, Ortega señaló que existe suficiente evidencia científica que indica que la actividad física de resistencia (ciclismo, carrera, etc.) o el trabajo de fuerza (muscular), incluso sin producir pérdida de peso, favorecen a la salud de forma significativa. “La pérdida de peso es un objetivo indudable, pero con el ejercicio se pueden obtener mejoras, aun cuando el peso se resista a bajar. Hay que concientizar a la población respecto a que el hecho de hacer actividad física es beneficioso para su bienestar y para la prevención de enfermedades, independientemente de la báscula”.

“Receta deportiva”: cuándo, cómo y por qué

Para Butragueño la combinación de ejercicio más actividad física diaria es una excelente estrategia a incluir en la prescripción médica habitual, siempre y cuando se paute correctamente, sobre todo en determinadas patologías, opinión compartida por Ortega, quien hizo hincapié en la necesidad de prescribir ejercicio físico como parte fundamental de la cartera de servicios en todos los sistemas de salud, tanto a nivel ambulatorio como hospitalario, y de que esta pauta se continúe y potencie en los centros deportivos, con profesionales especializados en el tema. “Es más, una vez vistas las evidencias médicas al respecto y teniendo en cuenta que, en base a ellas es obvio que el ejercicio es medicina, cabe plantearse hasta qué punto es ético no prescribirlo”, expuso.

En el caso concreto de los pacientes con obesidad, Ortega destacó la importancia que tiene integrar las pautas de actividad física en el paradigma de atención a estas personas, en las que la prescripción de ejercicio es determinante. Butragueño señaló que en estos pacientes hay que tener en cuenta variables como la distribución de la grasa, la condición física, el estado psicológico previo, el número de dietas seguidas anteriormente, etc., de ahí la necesidad de contextualizar y personalizar aún más, si cabe, esta prescripción.

“Por otro lado, además del peso debemos tener en cuenta los niveles de fuerza iniciales, la capacidad respiratoria, el tiempo y el material disponibles, el lugar dónde entrenar y el compromiso por parte de la familia para ayudar a que la persona pueda cumplir de manera adecuada. Si no se entrena de manera continuada y con la progresión correcta no se verán los beneficios que reporta el movimiento”, comentó Butragueño.

La cuestión es cómo integrar esta recomendación en las pautas asistenciales que se ofrecen habitualmente a la población. “La prescripción debería ser realizada por parte del médico, quien ha de tener conocimientos mínimos sobre la práctica de ejercicio. Es preciso disponer de un buen posicionamiento al respecto, que sirva de guía para la comunidad médica y también que se puedan estandarizar el lenguaje y la dosis de ejercicio. Y por supuesto, tanto la ‘terapia’ (tipo/frecuencia de ejercicio) como la prescripción deben ser individualizadas, ya que el contexto y la fisiopatología de cada persona son distintos”, explicó el Dr. Butragueño.

“Por otro lado, los educadores físicos colegiados y especializados deben dispensar esta receta médica adaptando las necesidades a cada persona y a cada contexto. Pero para eso deben estar integrados en el sistema sanitario, mediante estrategias que dejen de contemplar la actividad física solo como una cuestión de ocio y no de salud”, añadió el especialista.

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Trabas a la estandarización de la prescripción

Los participantes en las jornadas coincidieron en que hasta hoy, conseguir esa prescripción sigue siendo una asignatura pendiente, debido a varias razones. Para Butragueño, el principal obstáculo es que los graduados/licenciados en Ciencias de la actividad física y del deporte no forman parte de las profesiones sanitarias, “y, por tanto, no podemos aportar ni generar grupos de trabajo, porque no está contemplado que trabajen en equipo con la sanidad pública. En lo que se refiere a la sanidad privada, se ha visto que cuando se integran educadores físicos deportivos en los grupos, la mayoría de las enfermedades mejora su estado previo. Esta es una realidad que debemos aceptar y ponernos manos a la obra para poder ofrecer este servicio a toda la sociedad”.

Otro de los obstáculos señalados por Butragueño es que en la formación en medicina no se le ha dado la importancia que tiene tanto al ejercicio como al sistema musculoesquelético en la salud de las personas: “Se tiende a estudiar más la enfermedad y cómo curarla que la manera de prevenirla. Además, no hay formación específica sobre los beneficios que reporta el ejercicio a nivel fisiológico y en consecuencia, algo que no se conoce, no se puede prescribir”.

Asimismo, aún queda mucho por hacer para lograr que la población se “tome en serio” la práctica habitual de ejercicio físico. Para Ortega, que fue uno de los profesionales que participó en uno de los grupos de trabajo de la OMS que elaboró las nuevas guías sobre actividad física con el lema “Cada movimiento cuenta para mejorar la salud”, es prioritario conseguir que penetre el mensaje de que incluso siendo sedentarios, aumentar el nivel de actividad física puede disminuir el riesgo de mortalidad; que a mayor actividad física menor riesgo de enfermedad y que todas las intensidades de ejercicio (incluso la actividad ligera) cuentan.

Butragueño consideró que es necesario reflexionar y evaluar correctamente lo que ha ocurrido en los últimos 40 años, “en el sentido de que los datos de obesidad y sobrepeso han aumentado considerablemente, sobre todo entre la población infantil; las previsiones respecto a las personas con obesidad con diabetes para 2045 son terroríficas y el riesgo de padecer diferentes tipos de cáncer (hasta 13) relacionados con la obesidad ha aumentado entre 10% y 15%. Es obvio que hemos fallado con el mensaje”.

En el caso concreto de España, Butragueño aludió a la publicación reciente de unas fichas informativas por parte de la OMS sobre el estado de inactividad física y las respuestas de las políticas nacionales al respecto: “En base a este informe, puede parecer que la situación en nuestro país en cuanto al sedentarismo no es preocupante, pero la realidad que vivimos es otra y los datos demuestran que algo está fallando en la comunicación a la población”.

“Por ejemplo, todavía estamos inmersos en el debate de que sea necesario incorporar una tercera hora de educación física en el colegio. Se sigue considerando una asignatura ‘menor’ y mucha gente habla de salud y bienestar sin darse cuenta de que todo esto comienza en la escuela y en edades tempranas mediante el movimiento diario y el ejercicio”.

“Yo le daría una mayor carga al ejercicio físico en el ámbito escolar y preguntaría a los padres: ‘¿Usted quiere que su hijo/a tenga éxito en la vida?’. La respuesta seguramente sería que sí y por eso quieren que estudien. Posteriormente preguntaría: ‘¿Usted quiere que su hijo/a tenga salud?’. Entonces tiene que dar la importancia a las variables que la generan. En este caso, el entrenamiento y la actividad física han demostrado tener un gran potencial. Considero que plantear este tipo de preguntas generaría más cambios que cualquier política pública”, concluyó el especialista.

Butragueño, Ph. D., y Ortega, Ph. D., han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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