Mujeres puertorriqueñas son más propensas a sufrir de migraña que los hombres

La genética podría figurar como responsable dentro del marco del diagnóstico de la migraña, según se ha evidenciado en distintos estudios científicos, aseguró a Medicina y Salud Pública el doctor Héctor Miranda director del Departamento de Neurología del Hospital de Federico Trilla y director Médico de la Clínica Especializada en Dolor de Cabeza del Hospital San Francisco.

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La literatura médica refiere que el descubrimiento del gen CACNA1A como responsable de la migrañahemipléjica familiar, es un raro trastorno de herencia autosómica dominante con elevada incidencia, que ha sido un revulsivo para la investigación de la migraña en sus dos variantes más frecuentes, la MCA y la MSA.

La Migraña Hemipléjica familiar es un tipo de cefalea primaria con la cual los médicos no están familiarizados, de baja frecuencia a nivel mundial, que se caracteriza por la pérdida progresiva de la fuerza muscular en el contexto del cuadro doloroso, de forma reversible, con una marcada predisposición genética y es un diagnóstico diferencial de cuadros de origen vascular como el infarto migrañoso, el cual también puede presentarse con debilidad muscular, lo que resalta la importancia de estar familiarizado con dicha patología. 

El especialista aclaró que un dolor de cabeza no es igual a una migraña, ya que este síndrome neurológico tiene registrados a la fecha cinco tipos de migraña, diferenciándolos de al menos 98 tipos de dolor de cabeza. 

“Es por esto que hemos podido determinar que hay un tipo de migraña muy frecuente que se basa en la genética la cual, tiene un factor preponderante y se le conoce como migraña familiar, la cual es causada por un gen defectuoso; lo que indica, como su nombre lo dice, que varios integrantes de un mismo grupo familiar la padecen”, explicó. 

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En este sentido, el experto, indicó que entre los cinco tipos de migraña que existen los signos de alarma previos a un episodio, ese se conoce como la migraña con aura. En ella, días antes del dolor de cabeza los pacientes sienten desde malestar general a síntomas de resfriado. 

De igual forma, horas antes del dolor el aura es visual; es decir, hay cambios notables en la vista y en la manera que se observan los objetos. Hay otros en que el aura aparece como un problema estomacal. “Pero en definitiva, el paciente luego de tantos episodios similares puede adelantarse a determinar que le viene una migraña”.

En cuanto a su manifestación en la población, señaló que los porcentajes muestran que quienes más sufren éste síndrome son mujeres en un 75%, frente a un 25% de los hombres.

La migraña tiene unas características específicas que deben presentarse para que esta pueda ser diagnosticada. Descubrir ese dolor, depende del estudio clínico que se da con la interacción médico-paciente. 

No cuenta hasta ahora la medicina con una prueba que pueda detectar este síndrome. No existe un aparato o una prueba eléctrica que lo confirme. “Aquí prevalece la pericia médica, en función de las características y los síntomas asociados”, puntualizó.

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Características del síndrome

Una de las características principales de la migraña es que el dolor es hemicraniano, es decir, aquel que da en la mitad de la cabeza y es pulsante. 

También se asocia a manifestaciones como náuseas, vómitos, visión borrosa, resistencia a la luz (fotofobia) y molestia a los sonidos incrementados (fonofobia).

“A cualquiera que tenga dolor de cabeza le molesta la luz, y le molestan los sonidos, pero con migraña esta molestia es superlativa; se le hiere la pupila, los oídos quieren reventar. Por otro lado debe ser un proceso repetitivo, a nadie le da migraña una sola vez”, agregó Miranda.

La migraña tiende a aparecer en edad temprana, un porcentaje sobre los 5 o 6 años, y los más tardíos sobre los 17 0 18. “Es atípico ver un paciente adulto debutando con este cuadro y ante ello, no podemos llamarlo migraña”.

La migraña y el sistema trigémino vascular

Éste sistema comprende las venas que están en el cerebro y están conectadas a lo que se conoce como trigémino, que es un núcleo del cerebro encargado de manejar el dolor de manera agresiva.

“Hay factores que hacen que las venas del cerebro se dilaten, y los nervios a su alrededor le transmiten esa señal al trigémino, que lo identifica como un evento agudo y dispara la cadena de sustancias que liberan el dolor”, explicó el especialista.

La migraña como padecimiento es un defecto en el aparato cerebro vascular, que hace que ante una serie de estímulos se produzca el dolor.

Recurrencia y duración

El doctor Miranda indicó que son aproximadamente 7 días en que los que al paciente se le dificulta hacer sus actividades rutinarias, cumplir con su tarea laboral, familiar, de pareja; en fin, representa un compromiso para el paciente.

“No es el dolor sino el síndrome completo que dura unos cuantos días desde que inicia hasta que desaparece, por ello el paciente queda en un estado indefenso, por un período de días”, añadió.

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Cuando el paciente aprende a reconocer sus etapas previo al dolor, puede reducirlo e incluso a veces evitarlo con el uso de analgésicos sencillos. Ahora bien, si esto no ocurre, y el dolor llega, y se desató la cadena de dolor es más difícil controlarlo. 

Hay sustancias y medicamentos específicos para controlar esos impulsos de dolor y reducir la sensibilización del lugar del cerebro donde éste se percibe. Los medicamentos dirigidos a migraña son recetados, existe unos 7 y 8, incluso hay fármacos capaces de controlar la migraña crónica que persiste hasta 14 días, llevándola solamente a 3.

Equipos especializados

Adicional a drogas específicas, hoy están a disposición de los médicos los neuroestimuladores, que son una serie de equipos capaces de enviar una señal con la cual se logra desplazar al dolor, sin requerir el uso de medicamentos.

Adicional a ello, los especialistas recomiendan hacer unos cambios de vida y algunas actividades, capaces de evitar el dolor de quienes lo padecen. 

Las recomendaciones más simples pasan por dormir adecuadamente, comer sano y balanceado y evitar aquellos olores que han sido tipificados como estimulantes.

“Todos estos señalamientos, van de la mano de los médicos especialistas que logran identificar con claridad y precisión la presencia de la patología, y cómo ayudar a su control, de allí la importancia de no automedicarse y buscar la orientación médica”, finalizó. 

Adolescents Who Exercised After a Concussion Recovered Faster in RCT

After a concussion, resuming aerobic exercise relatively early on – at an intensity that does not worsen symptoms – may help young athletes recover sooner, compared with stretching, a randomized controlled trial (RCT) shows.

The study adds to emerging evidence that clinicians should prescribe exercise, rather than strict rest, to facilitate concussion recovery, researchers said.

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Tamara McLeod, PhD, ATC, professor and director of athletic training programs at A.T. Still University in Mesa, Ariz., hopes the findings help clinicians see that “this is an approach that should be taken.”

“Too often with concussion, patients are given a laundry list of things they are NOT allowed to do,” including sports, school, and social activities, said McLeod, who was not involved in the study.

The research, published in The Lancet Child & Adolescent Health, largely replicates the findings of a prior trial while addressing limitations of the previous study’s design, researchers said.

For the trial, John J. Leddy, MD, with the State University of New York at Buffalo and colleagues recruited 118 male and female adolescent athletes aged 13-18 years who had had a sport-related concussion in the past 10 days. Investigators at three community and hospital-affiliated sports medicine concussion centers in the United States randomly assigned the athletes to individualized subsymptom-threshold aerobic exercise (61 participants) or stretching exercise (57 participants) at least 20 minutes per day for up to 4 weeks. Aerobic exercise included walking, jogging, or stationary cycling at home.

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“It is important that the general clinician community appreciates that prolonged rest and avoidance of physical activity until spontaneous symptom resolution is no longer an acceptable approach to caring for adolescents with concussion,” Leddy and coauthors said.

The investigators improved on the “the scientific rigor of their previous RCT by including intention-to-treat and per-protocol analyses, daily symptom reporting, objective exercise adherence measurements, and greater heterogeneity of concussion severity,” said Carolyn A. Emery, PhD, and Jonathan Smirl, PhD, both with the University of Calgary (Alta.), in a related commentary. The new study is the first to show that early targeted heart rate subsymptom-threshold aerobic exercise, relative to stretching, shortened recovery time within 4 weeks after sport-related concussion (hazard ratio, 0.52) when controlling for sex, study site, and average daily exercise time, Emery and Smirl said.

A larger proportion of athletes assigned to stretching did not recover by 4 weeks, compared with those assigned to aerobic exercise (32% vs. 21%). The median time to full recovery was longer for the stretching group than for the aerobic exercise group (19 days vs. 14 days).

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Among athletes who adhered to their assigned regimens, the differences were more pronounced: The median recovery time was 21 days for the stretching group, compared with 12 days for the aerobic exercise group. The rate of postconcussion symptoms beyond 28 days was 9% in the aerobic exercise group versus 31% in the stretching group, among adherent participants.

More research is needed to establish the efficacy of postconcussion aerobic exercise in adults and for nonsport injury, the researchers noted. Possible mechanisms underlying aerobic exercise’s benefits could include increased parasympathetic autonomic tone, improved cerebral blood flow regulation, or enhanced neuron repair, they suggested.

The right amount and timing of exercise, and doing so at an intensity that does not exacerbate symptoms, may be key. Other research has suggested that too much exercise, too soon may delay recovery, Emery said in an interview. “But there is now a lot of evidence to support low and moderate levels of physical activity to expedite recovery,” she said.

The study was funded by the American Medical Society for Sports Medicine. The study and commentary authors and McLeod had no disclosures.

This article originally appeared on MDedge.com, part of the Medscape Professional Network.

Mayor riesgo de accidente cerebrovascular vinculado al exceso de tiempo sentado en menores de 60 años

Pasar más tiempo libre sentado combinado con realizar poca actividad física se asocia con un mayor riesgo de accidente cerebrovascular en adultos de entre 40 y 60 años, según un nuevo análisis.
Si bien el riesgo de accidente cerebrovascular aumentó más de cuatro veces entre las personas sedentarias menores de 60 años, no se observó un aumento significativo en el riesgo entre las personas mayores, según el estudio basado en datos autoinformados de más de 140,000 personas. Esto resalta la necesidad de mensajes relevantes de salud pública dirigidos a las personas más jóvenes, informó el autor principal, Raed A. Joundi, MD, DPhil, miembro de la Universidad de Calgary (Alta.), Y sus colegas, en el artículo publicado en Stroke.

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“El tiempo sedentario ha aumentado durante las últimas dos décadas en los Estados Unidos y Canadá, particularmente en los jóvenes, lo que aumenta la importancia de caracterizar su efecto sobre la salud a largo plazo”, escribieron los investigadores. “Una mejor comprensión del riesgo de sedentarismo específico de un accidente cerebrovascular puede ser importante para las campañas de salud pública para reducir el comportamiento sedentario”. Joundi y sus colegas revisaron los datos de la Encuesta de salud comunitaria canadiense, que incluyó a 143.180 personas sanas sin antecedentes de cáncer, enfermedades cardíacas o accidentes cerebrovasculares. Los menores de 40 años también fueron excluidos del análisis.


El exceso de tiempo libre sedentario se definió como 8 o más horas de tiempo libre sedentario por día, mientras que la baja actividad física se definió como menos de 3,5 horas equivalentes metabólicas por semana. El análisis también incluyó una variedad de covariables demográficas y médicas, como la edad, el sexo, el estado civil, el tabaquismo, la presencia de hipertensión y otras.
Después de una mediana de seguimiento de 9,4 años, ocurrieron 2965 accidentes cerebrovasculares, con una mediana de tiempo desde la respuesta a la encuesta de 5,6 años. El riesgo de accidente cerebrovascular entre las personas menores de 60 años que realizaban poca actividad física y un exceso de tiempo libre sedentario se multiplicó por 4,5, en comparación con las personas con poca actividad física que eran sedentarias menos de 4 horas por día (índice de riesgo completamente ajustado, 4,50 ; Intervalo de confianza del 95%, 1,64-12,3).


Los hallazgos destacan los beneficios de la actividad física

No se observaron elevaciones de riesgo similares entre las personas de 60 a 79 años, o las mayores de 80. Y entre las personas menores de 60, la actividad física alta pareció eliminar el riesgo adicional impuesto por el exceso de tiempo libre sedentario.
“El tiempo sedentario se asocia con un mayor riesgo de accidente cerebrovascular en personas inactivas, pero no en una persona activa”, dijo Joundi en una entrevista. “Así que sugiere que hay dos formas de reducir el riesgo: una sería reducir el tiempo sedentario y la otra sería realizar actividad física”.

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Estas interpretaciones son especulativas, advirtió Joundi, ya que el estudio no fue intervencionista. Aun así, dijo que los hallazgos “devuelven la atención a la actividad física”, alineándose así con investigaciones anteriores.


“Cuanto más se ejercita, más se embota la relación entre el tiempo sedentario y los malos resultados de salud y, de hecho, se puede negar por completo con suficiente actividad física”, dijo.
Aún no está claro cómo exactamente la actividad física ofrece tal protección, agregó Joundi. Especuló que la regularidad del ejercicio puede ser clave, ya que cada sesión contrarresta los efectos adversos del tiempo sedentario prolongado, que pueden incluir reducción del flujo sanguíneo, aumento de la resistencia a la insulina y cambios inflamatorios que pueden afectar los vasos sanguíneos.
“Este estudio es particularmente un mensaje para las personas más jóvenes”, dijo Joundi, sugiriendo que los hallazgos pueden alterar el comportamiento, ya que muchas personas han presenciado o son conscientes de los impactos a largo plazo del accidente cerebrovascular.


“Creo que existe una especie de aversión social o cognitiva al accidente cerebrovascular en la población general, debido a lo incapacitante que puede ser y cómo puede reducir la calidad de vida”, dijo.
Los cambios sutiles en el estilo de vida pueden ser suficientes

Para aquellos que buscan reducir su riesgo de accidente cerebrovascular, Joundi sugirió que los cambios sutiles en el estilo de vida pueden ser suficientes.

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“En última instancia, lo que vimos es que incluso una cantidad mínima de actividad física (caminar 3 horas a la semana, por ejemplo) podría mitigar el impacto del tiempo sedentario”, dijo. “Hacer lo que puede, incluso si es una pequeña cantidad, tiende a ser bastante significativo durante un largo período de tiempo”.


Daniel T. Lackland, DrPH, profesor de epidemiología en el departamento de neurología de la Universidad Médica de Carolina del Sur, Charleston, ofreció una conclusión similar y señaló que los pequeños esfuerzos pueden generar grandes beneficios.


“Una actividad menos intensa es aún mejor que ser sedentario”, dijo en una entrevista. “Para muchas personas, si te levantas y simplemente caminas, mueves los brazos, haces cualquier tipo de movimiento, eso es mejor que ser sedentario”.


Lackland aplaudió la practicidad de estudiar el tiempo libre sedentario, frente al tiempo libre en general, ya que muchas personas no pueden controlar su entorno laboral.


“No se puede hacer mucho sobre cómo trabaja en su trabajo”, dijo Lackland. “A veces tenemos que sentarnos, y supongo que hay cosas que puedes hacer, puedes poner una cinta de correr en lugar de una silla y ese tipo de cosas, pero la mayoría de las veces, realmente no tienes esa opción para hacer algo. Con el tiempo libre, sin embargo, tienes el control total. Entonces, ¿qué haces con tu tiempo libre? ¿Te sientas y miras televisión, o realizas algún tipo de actividad? No necesariamente una actividad aeróbica, pero sí algún tipo de actividad. actividad que no le permita ser sedentario. Desea estar activo tanto como le sea posible “.


Joundi reveló el apoyo de subvenciones de los Institutos Canadienses de Investigación en Salud. Los otros investigadores y Lackland no informaron revelaciones relevantes.
Este artículo apareció originalmente en MDedge.com, parte de Medscape Professional Network.

Para mantener el cerebro joven, miremos a nuestro pasado

Es algo de lo que muchos nos percatamos: la sensación de que no somos tan agudos como antes.

Hace poco cumplí 42 años. Habiendo perdido a mi abuelo por Alzheimer y con mi madre padeciendo una enfermedad neurodegenerativa similar, soy muy consciente de las enfermedades que pueden acechar bajo mi cráneo.

Ante la falta de una cura para la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia, las intervenciones más importantes para mantener la función del cerebro son preventivas: las que ayudan a mantener nuestro órgano más maravilloso y misterioso.

Basándome en la ciencia, tomo aceite de pescado y como salmón a la parrilla. Hago ejercicio. Trato de estimular mi corteza cerebral con lo desconocido.

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Mientras escribía mi libro reciente, Una historia del cerebro humano, que describe la historia evolutiva de cómo nuestro cerebro llegó al momento actual, comencé a percatarme de que muchas de las influencias que daban forma a la evolución de nuestro cerebro en primer lugar reflejaban las medidas que utilizamos en la actualidad para preservar nuestra función cognitiva.

Ser una persona sociable y muy comunicativa. Explorar las actividades creativas. Comer una dieta omnívora variada, baja en alimentos procesados. Ser físicamente activo.

Estos rasgos y conductas reflejan nuestro pasado, y creo fueron instrumentales en por qué continuamos en el planeta hoy día.

Y todos fueron posibles, al menos en parte, gracias a nuestro cerebro.

Los inteligentes sociales terminan en primer lugar

La saga humana está plagada de extinciones.

Por “humano” no solo me refiero al Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos, sino a cualquier miembro del género Homo. Nos hemos acostumbrado a ser la única especie humana en la tierra, pero en nuestro pasado no tan lejano probablemente hace unos cientos de miles de años, éramos al menos nueve los que andábamos por ahí.

Estaba el Homo habilis, o el “hombre práctico”.[7] Y el Homo erectus, el “lanzador“.[8] Los denisovanos vagaban por Asia, mientras que los bien conocidos neandertales se extendían por Europa.

Pero con excepción del Homo sapiens, todos se han ido. Y hay una buena probabilidad de que haya sido nuestra culpa.

Los humanos nunca fueron los más rápidos de las llanuras africanas ni mucho menos los más fuertes. Los guepardos, los leopardos y los leones tenían esas características. En nuestro linaje la selección natural favoreció el ingenio y la astucia.

Muchos se convirtieron en comida para felinos, pero los que tenían una ligera ventaja cognitiva, especialmente el Homo sapiens, siguieron viviendo. En nuestra estirpe la inteligencia superó a la fuerza y la velocidad para permitir la sobrevida.

La ecología, el clima, la ubicación y la simple suerte habrían desempeñado un papel importante a la hora de sobrevivir o perecer, como ocurre con la mayoría de los seres vivos. Pero la presión evolutiva para obtener capacidades mentales más complejas conduciría a una expansión masiva del tamaño de nuestro cerebro y de los neurocircuitos, que es seguramente la razón principal por la que dominamos el planeta como ninguna otra especie lo haya hecho.

Gran parte de este “éxito”, si se le puede llamar así, se debió a nuestras vidas sociales.

Los primates son criaturas comunales. Nuestros primos cercanos los monos y los simios son increíblemente interactivos y se acicalan unos a otros durante varias horas del día para mantener los vínculos y las relaciones. Añade unos cuantos gritos y chillidos y tendrás una comunidad bastante compleja de simios comunicadores.

Y ahora sabemos que la vida social activa preserva la función cerebral.

La investigación demuestra que el aislamiento social empeora el deterioro cognitivo (no digamos la salud mental, como muchos lo experimentamos este año pasado).[9] Las redes sociales más grandes y las actividades sociales regulares se relacionan con la preservación mental y una lentificación de la progresión de la demencia.[10,11]

Esta nueva vida social llevó aparejada una presión evolutiva que favoreció la innovación. Nuestra capacidad de generar pensamientos e ideas totalmente novedosos y compartir estas ideas llegó a definir nuestro sexo.

Mientras cazábamos y buscábamos comida juntos y afilábamos piedras para convertirlas en hachas de mano, se produjo una creatividad colectiva que nos proporcionó mejores armas y herramientas que permitieron una búsqueda de alimentos más eficaz, y más adelante la carnicería y el fuego. El hecho de compartir eficazmente estas innovaciones con nuestros compañeros permitió que la información se difundiera más rápido que nunca, una semilla para las comunidades y civilizaciones más grandes que vendrían.

Desafiarnos para nuevas actividades y dominar nuevas habilidades no solo puede impresionar a los compañeros y congraciarnos con nuestro grupo, sino que también ayuda literalmente a preservar nuestro cerebro. Nuevas aficiones. Nuevas conversaciones. Aprender a tocar el banjo. Incluso jugar determinados videojuegos y simplemente conducir cada día por una nueva ruta del trabajo a casa, como lo hace el neurocientífico David Eagleman, puede mantener nuestra función en alto.[12]

Sea afilar la piedra antigua o jugar al sudoku, cualquier actividad novedosa que suponga un reto mental puede ayudar a mantener los circuitos neuronales en funcionamiento.

Realmente somos lo que comemos

Al mismo tiempo, mientras cazábamos y elaborábamos formas nuevas y comunitarias, teníamos que comer. Y lo hacíamos con una paleta excepcionalmente aventurera.

El Homo sapiens es una de las especies más omnívoras del planeta. Dentro de lo razonable comemos casi cualquier cosa. Sea hojas, carne, hongos o fruta, no discriminamos. En algún momento uno de nosotros incluso pensó que podría ser una buena idea probar las relucientes manchas grises que son los ostiones, y resulta que los mariscos están entre los alimentos más saludables para nuestro cerebro.

La variada dieta humana es una parte integral de nuestra historia, al igual que la casi constante actividad física necesaria para obtenerla.

En múltiples ocasiones durante el último millón a dos millones de años, los cambios climáticos desecaron el paisaje africano, obligando a nuestros antepasados a salir de la exuberante selva hacia las peligrosas y amplias praderas. Así como la evolución nos obligó a crear y formar comunas para ayudarnos a sobrevivir, una dieta diversa también apoyó nuestra final toma de posesión global.

Nuestro pasado arbóreo nos hizo anhelar siempre los frutos colgantes del bosque, una fuente suprema de azúcares de alto contenido calórico que garantizó la sobrevida. En aquella era, no vivíamos lo suficiente como para padecer diabetes de tipo 2: si encontrabas dulces, los comías. Y hoy nos quedamos con un gusto por las galletas y los dulces que, dada nuestra mayor longevidad, pueden pasar factura al cuerpo y al cerebro.

Pero los seres humanos eran igual de propensos a comer bulbos, rizomas y tubérculos de la sabana, sobre todo cuando apareció el fuego. Con el tiempo nos convertimos en expertos carroñeros de carne y tuétano, el botín que dejaban los grandes felinos, que preferían la carne y los órganos más nutritivos.[13]

A medida que mejoraba nuestro tallado, desarrollamos lanzas y aprendimos a atrapar y cazar nosotros mismos a las bestias de las llanuras.[14] También hay indicios de que aprendimos a acceder a los lechos de mariscos de la costa africana y a incorporar a nuestra dieta mariscos saludables para el cerebro.[15]

Estudiar los efectos de la dieta moderna sobre la salud es complejo. Los estudios dietéticos son notoriamente dudosos y suelen implicar innumerables variables de estilo de vida que son difíciles de desentrañar.

Por ejemplo, los arándanos. Múltiples estudios han relacionado su consumo con una mejor salud cerebral. Pero, presumiblemente quienes son propensos a las bayas también son más propensos a comer sano en general, hacer ejercicio y llegar al nivel 5 en su aplicación de meditación.

Es por ello que muchos investigadores, nutricionistas y psiquiatras especializados en nutrición se centran ahora en los patrones dietéticos, como los afines a las costumbres culinarias mediterráneas, más que en los componentes específicos. Seguir una dieta mediterránea está relacionado con la preservación de la cognición y múltiples estudios aleatorizados controladosindican que hacerlo puede reducir el riesgo de depresión.[16]

Una diversidad similar en nuestra dieta ancestral ayudó a los primeros humanos a soportar el clima siempre cambiante y las épocas de escasez. Evolucionamos para subsistir y prosperar con una amplia variedad de alimentos, en parte porque nuestro inteligente cerebro nos permitió acceder a ellos. A su vez, una dieta igualmente variada (sin someterse a nuestra innata ansia de azúcar, por supuesto) es una de las mejores estrategias para mantener la salud del cerebro.

La caza, la búsqueda de alimentos y la huida de los depredadores requerían un intenso esfuerzo físico. Esto no es exclusivo de los humanos, pero no podemos ignorar que el ejercicio regular es otro medio eficaz para preservar la salud del cerebro.

Mantenerse activo mejora el rendimiento en las tareas mentales y puede ayudarnos a formar mejor los recuerdos.[17,18] Mucho antes que se vendieranlos aparatos para ejercicio en interiores, nuestros cerebros dependían tanto de la actividad mental como de la física.[19]

Pero, de forma abrumadora, la evidencia apunta a la adopción de un conjunto de factores de estilo de vida para mantener nuestro cerebro sano, ninguno de los cuales existía en un vacío darwiniano.[20,21]

La búsqueda de alimentos era una tarea social lo mismo que mental y física. Nuestros cerebros creativos aprovecharon la información, chismeando, innovando y cocinando nuestro botín alrededor de la hoguera.

Los investigadores están comenzando a reconstruir la compleja patología que se esconde tras la inevitable decadencia del cerebro humano y, a pesar del desfile de ensayos clínicos fallidos sobre la demencia, debería haber tratamientos prometedores en el futuro.

Hasta entonces, al pensar en preservar la experiencia consciente de nuestro mundo y nuestras relaciones y vivir nuestras vidas más largas y felices miremos a nuestro pasado.

Este artículo fue publicado originalmente en Shots, NPR’s health blog.

El Dr. Bret Stetka es el director editorial de Medscape Neurology y Medscape Psychiatry.