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Un informe internacional señala la depresión como crisis global desatendida

La depresión debe considerarse un problema de salud pública que tiene que afrontarse como una crisis global relevante. Esta conclusión forma parte del informe más completo publicado sobre este tema en la revista The Lancet. Se calcula que 5% de la población adulta mundial sufre depresión, aunque existen diferencias regionales.

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El artículo publicado el martes 15 de febrero fue elaborado por 25 especialistas de 11 países que forman la Lancet-World Psychiatric AssociationCommission para la depresión. Este grupo, que comprende disciplinas de neurociencia para la salud global y varios profesionales con experiencia en depresión, investigó y revisó estudios durante casi cuatro años para llegar a las recomendaciones presentadas.

El Dr. Christian Kieling, psiquiatra y profesor asociado de la Universidade Federale do Rio Grande do Sul, en Porto Alegre, Brasil, y copresidente de la comisión internacional, afirmó que “no hay otra enfermedad tan frecuente, tan onerosa, tan universal ni tan tratable como la depresión, pero recibe poca atención y recursos públicos”.

Los mitos y los prejuicios que siguen interfiriendo en la compresión de esta enfermedad y la falta de recursos psicosociales y económicos preocupan a los comisionados. En los países con renta alta no se diagnostican ni reciben tratamiento al menos 50% de las personas con depresión. Esta situación se complica en los países con una renta media o baja como Brasil, donde el porcentaje de pacientes sin diagnosticar alcanza 80% a 90%. Este panorama empeoró por la pandemia de COVID-19, que provocó dificultades adicionales como aislamiento social, luto, incertidumbre, dificultades y acceso limitado a los servicios sanitarios.

Todo esto subió el costo elevado que supone esta enfermedad. Los comisionados creen que incluso antes de la pandemia de COVID-19 la pérdida de productividad económica ligada a la depresión costaba a la economía global casi 1 billón de dólares estadounidenses al año.

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La inmersión en este tema llevó a los comisionados a proponer que el diagnóstico de la depresión sea una prioridad e implique más especialidades aparte de la psiquiatría y la psicología. La intención es que la identificación de los signos y los síntomas forme parte de las consultas de varias especialidades, igual que sucede con la diabetes y la hipertensión, enfermedades que deben ser comprobadas por todos los médicos.

La comisión también señaló que es preciso formar e implicar en la atención a esta enfermedad a una red todavía más amplia. “Debemos preparar a las personas con experiencia en depresión junto a las familias, los profesionales, los políticos y la sociedad civil para enfrentarse a la avalancha de necesidades desatendidas, además de compartir sus experiencias para prevenir la estigmatización, apoyar a otras personas con informaciones sobre la enfermedad y posibilidades de ayuda y dedicar más recursos para programas basados en evidencias científicas”, explicó el coautor Dr. Charles Reynolds, del Departamento de Psiquiatría de la University of Pittsburgh School of Medicine, en Pittsburgh, Estados Unidos.

Los comisionados argumentan que la implicación de personal no especialista reclutado localmente, con amplia disponibilidad y costo bajo, como agentes comunitarios de salud y consejeros sin experiencia, sería una forma de afrontar la escasez de profesionales sanitarios cualificados y de superar los obstáculos económicos.

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Método más amplio

Los comisionados revisaron también el sistema actual de clasificación de las personas con síntomas de depresión. Llegaron a la conclusión de que usar solo dos categorías (depresión clínica o no) es una simplificación que no tiene en cuenta la variedad de síntomas y de manifestaciones ni tampoco es suficiente para iniciar el tratamiento. Por estos motivos recomiendan un método más personalizado y por etapas.

“De manera parecida al tratamiento del cáncer, el método por etapas analiza la depresión a lo largo de una evolución continua, del bienestar al sufrimiento transitorio, hasta un trastorno depresivo real y proporciona una estructura para recomendar intervenciones proporcionadas desde el inicio de la enfermedad”, observó el Dr. Vikram Patel, Ph. D., y profesor adjunto de Salud global del Departamento de Salud Global y Medicina Social de la Harvard Medical School, en Boston, Estados Unidos.

A pesar de que es una enfermedad frecuente, la depresión sigue siendo objeto de mucha desinformación y prejuicio. Por este motivo, el informe insiste en que es una enfermedad marcada por su persistencia y por la repercusión notable en el funcionamiento diario y sus consecuencias para la salud a largo plazo. Puede afectar a cualquier persona, con independencia del sexo, origen, clase social o edad y existen variaciones en los tipos y en la prevalencia de los signos y los síntomas depresivos entre culturas y poblaciones. El riesgo aumenta en circunstancias adversas, como pobreza, violencia, desarraigo y género, raza u otras formas de discriminación y es más alto en adolescentes y adultos jóvenes.

El avance de la depresión sin tratamiento puede tener un desenlace trágico. Los estudios indican que 70% a 80% de las personas que se suicidan en los países con renta alta y casi 50% de las que se suicidan en los países con renta media o baja presentan enfermedades psiquiátricas y la más frecuente es la depresión. La depresión está ligada también a enfermedades somáticas y crónicas.

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La prevención es el aspecto menos valorado del problema según los autores del informe. Básicamente faltan políticas públicas con ese objetivo. Para este grupo de especialistas las sociedades deben concienciarse de que atender la depresión es una necesidad que no puede retrasarse más.

“Ante los efectos prolongados de la depresión en la adolescencia, desde dificultades escolares y en relaciones futuras hasta el riesgo de drogadicción, automutilación y suicidio, invertir en la prevención de la depresión es muy rentable. Es fundamental que pongamos en práctica intervenciones basadas en evidencias científicas que apoyen la paternidad, disminuyan la violencia en la familia o el acoso escolar, además de promover la salud mental en el trabajo y de abordar la soledad de las personas de edad avanzada”, consideró la coautora, Dra. Lakshmi Vijayakumar, de Sneha, Suicide Prevention Centre andVoluntary Health Services, en Chenai, India.

La desigualdad es otro factor de riesgo potente. “Las políticas que disminuyen las desigualdades raciales o étnicas, las desventajas sistemáticas de las mujeres y que apoyan la distribución justa de la renta mediante una cobertura sanitaria universal y la ampliación de las oportunidades educativas pueden ser medidas preventivas muy poderosas”, concluyó la Dra. Helen Herrman de Orygen, National Centre for Excellence in Youth Mental Health y de la University of Melbourne, en Australia, y presidenta de la comisión.

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