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La afectación del SARS-CoV-2 en el nervio vago podría ser una causa potencial de las manifestaciones de la COVID-19 persistente

Las experiencias clínicas en el abordaje de la COVID-19 desde distintas perspectivas, los resultados arrojados por las diferentes opciones terapéuticas y sobre todo los retos y evidencias que plantea una nueva realidad asistencial, la COVID-19 persistente o Long-COVID, centraron los contenidos de la sesión Salud de Precisión: COVID-19 a debate profesionalque se desarrolló en el marco del VII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Salud de Precisión.

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En este foro, la Dra. Mayca González, especialista en microbiología y experta en Age Management Medicine,hizo un repaso a los datos más recientes respecto a la COVID-19 persistente. “Según las últimas evidencias, nueve de cada diez pacientes (87%) COVID-19 dados de alta en un hospital experimentan al menos un síntoma 60 días después del inicio de la enfermedad, 32% reporta uno o dos síntomas y 55% presenta tres o más. Asimismo, más de 50% de los casos sintomáticos padece al menos un síntoma de la enfermedad un año después de infectarse”.

“De la misma manera, en otra investigación se comprobó que aunque no hubiera un diagnóstico de neumonía, 12,8% de los infectados estudiados continuaba presentando disnea después de seis meses”, continuó la especialista.

Los trabajos en esta línea también han arrojado luz sobre los principales factores de riesgo para desarrollar COVID-19 persistente: “En primer lugar, el sexo, la edad e incluso el número de síntomas. Así, las mujeres y las personas entre 40 y 54 años muestran más probabilidad de padecerla. También se sabe que a mayor gravedad de la enfermedad aguda mayor número de síntomas se presenta tras la resolución de la infección. Tener un índice de masa corporal igual o superior a 25, reportar de tres a siete síntomas de la COVID-19 en la fase aguda y los pacientes con más de cinco síntomas durante la primera semana de la enfermedad son factores asociados a una mayor propensión a sufrir COVID-19 persistente. Todo esto configura un problema de salud que sin duda va a suponer un reto importante de ahora en adelante”.

La Dra. González resaltó que se ha demostrado que hay más de 50 efectos a largo plazo de la COVID-19, siendo los más prevalentes fatiga (58%), dolor de cabeza (44%), alteraciones de la atención (27%) y pérdida de cabello (25%).

Entre todos los trabajos realizados en esta línea, la Dra. González destacó un estudio publicado en febrero de este año que, en su opinión, es uno de los más relevantes hasta el momento, “ya que ahonda en las circunstancias fisiopatológicas que hay detrás de los síntomas a todos los niveles, algo que hasta ahora no conocíamos del todo”.

“Así, por ejemplo, se demuestra que disnea, hipoxia, fatiga, patrón ‘en vidrio deslustrado’ y fibrosis pulmonar se deben a un daño en el parénquima pulmonar en primer lugar mediado por el virus y en segundo término por un daño microvascular inmunológico. Por otra parte, a nivel cardiovascular se ha visto que se pueden presentar hasta 20 afecciones cardiovasculares un año después de superar la COVID-19, lo que lleva a prever que la afectación en estos pacientes va a ser una demanda importante en los sistemas de salud en los próximos años”.

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Microbioma y nervio vago

En lo que respecta al sistema digestivo e intestinal, la especialista destacó un mecanismo hasta ahora desconocido: la afectación del nervio vago y de la microbiota intestinal.

“Hay estudios que sugieren un patrón de viremia persistente o recurrente en algunos pacientes, provocando una evolución clínica de síntomas inespecíficos asociados a limitaciones personales. Esto podría llevarnos a pensar en la posibilidad de que el virus tuviera un reservorio a este nivel. En la misma línea, una investigación actualmente en marcha apunta a una posible afectación del nervio vago como causa las manifestaciones de la COVID-19 persistente. No hay que olvidar que este nervio conecta el cerebro y el tracto gastro-intestinal, además de controlar la frecuencia cardiaca, la producción del sudor y el reflejo nauseoso”.

En su análisis de este estudio piloto, llevado cabo por un grupo de investigadores españoles, la Dra. González comentó que de los 348 participantes en esta investigación, dos tercios (228) tenían al menos un síntoma de disfunción del nervio vago. Al hacer evaluaciones adicionales a esos 228 pacientes se vio que 22 tenían todos los síntomas, siendo 20 de ellos de sexo femenino, con una mediana de edad de 44 años.

“El estudio también refleja que los síntomas más frecuentes fueron diarrea (73%), taquicardia (59%), mareos, dificultad para tragar y problemas de voz (45% cada uno, respectivamente); 86% de los pacientes tenía tres síntomas diferentes relacionados con la disfunción del nervio vago. Al hacer radiografías del nervio vago del cuello también se observó que seis de los 22 pacientes presentaban engrosamiento y cambios reactivos inflamatorios leves”, destacó.

Otro dato importante de esta investigación fue que diez de los pacientes mostraron patrones de respiración anormales y presiones máximas de inspiración reducidas, lo que según la Dra. González indicó la debilidad de los músculos respiratorios conectados con el nervio vago. “Setenta y dos por ciento también presentaba disfagia orofaríngea o dificultad para tragar y ocho pacientes mostraron capacidad reducida o deteriorada para llevar alimentos del esófago al estómago y reflujo ácido”.

Entrenamiento como “prescripción” pos-COVID-19

En la misma sesión, el Dr. Wilson Martínez, especialista en medicina aplicada a la actividad física y el deporte, abordó el papel de la práctica de ejercicio físico en la recuperación de las personas que han padecido la COVID-19. “Hay que tener en tener en cuenta que muchos pacientes con COVID-19 leve o grave no tienen una recuperación completa y presentan una gran variedad de síntomas crónicos durante meses o semanas tras la infección, con frecuencia de carácter neurológico, cognitivo o psiquiátrico. Es lo que se conoce como síndrome pos-COVID-19, reportado por entre 10% y 20% de los pacientes”.

En su ponencia El valor del entrenamiento en el paciente post-COVID, el Dr. Martínez hizo un repaso de los estudios más recientes que ponen de manifiesto el nexo entre la práctica de ejercicio y los beneficios para la salud en general y frente al SARS-CoV-2 y sus consecuencias en particular. “En estas investigaciones se habla de las exerkinas, entendiendo como tales las sustancias que se producen o generan con la práctica de actividad física (incluidas hormonas y metabolitos) con beneficios saludables a distintos niveles. Hay un variado repertorio de exerkinas en la circulación sistémica y se sabe que cuanto más alta sea la intensidad y el impulso con el que se realice el ejercicio, siempre que se haga de manera adecuada, estas exerquinas se manifiestan de una manera más positiva”.

En el contexto COVID-19, el especialista explicó este impacto positivo “teniendo en cuenta que el SARS-CoV-2 incide en el receptor enzima convertidora de angiotensina-2 y esto a su vez implica la aparición de fibrosis, inflamación, vasoconstricción, neurogénesis reducida y daño cardiovascular. Esa activación de una serie de cadenas de señalización vascular que se produce con el ejercicio hace posible ‘contrarrestar’ un buen número de los síntomas del síndrome pos-COVID-19, actuando en cierto sentido como una polipíldora”.

Concretando los beneficios potenciales del ejercicio en el síndrome pos-COVID-19, el Dr. Martínez destacó que se produce una mejora en el componente psicológico, ya que disminuye el estrés, lo que se traduce en una mejora del ánimo y una sensación de bienestar. “A nivel neurológico estimula la plasticidad cerebral, mejora las capacidades cognitivas, disminuye la carga alostática y optimiza la calidad del sueño. En cuanto al sistema cardiovascular, aparece angiogénesis, mejorando el sistema vascular y la función cardiovascular, disminuye la presión sanguínea, normaliza la disautonomía y aumenta notablemente la biogénesis mitocondrial”.

“En el aparato respiratorio disminuye la disnea y mejora el consumo de oxígeno y la función pulmonar; sobre el músculo beneficia la tolerancia al ejercicio, aumenta la fuerza muscular y la masa muscular, con una mejor coordinación intramuscular y en relación al sistema inmune, disminuye las citocinas inflamatorias y aumenta las antiinflamatorias, mejorando en general la función inmunológica”, continuó el Dr. Martínez.

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Resistencia aeróbica y de fuerza

El Dr. Martínez destacó que no existe ningún fármaco conocido que produzca todos estos beneficios. “Lamentablemente no se nos enseña ni estamos acostumbrados a prescribir ejercicio, pero en base a todas estas evidencias, es obvio que debe incorporarse a la prevención y el abordaje no solo de la COVID-19 y el pos-COVID-19, sino en general para el cuidado de la salud cardiocerebrovascular y metabólica, tanto para prevenir enfermedades como en forma de coadyuvante en muchas patologías”.

Respecto a qué tipo de actividad es más recomendable en estos pacientes, el Dr. Martínez señaló que “existe evidencia suficiente que sugiere que el entrenamiento con ejercicios de resistencia aeróbica y de fuerza adaptado y supervisado puede ser una terapia multisistémica eficaz para el síndrome pos-COVID-19”.

En este sentido, el experto incidió en la necesidad de “poner en valor” la importancia del entrenamiento de fuerza. “Si bien buena parte de la población practica actividad aeróbica, el porcentaje desciende cuando se trata de las rutinas de fuerza, sobre todo entre las mujeres ya que lo asocian al riesgo de una musculación excesiva. En el caso de pos-COVID-19, este entrenamiento es fundamental, puesto que uno de los signos más preocupantes de este síndrome es la pérdida de masa muscular”.

“Se requiere un poco más de investigación en este campo, pero sin duda se trata de una herramienta perfecta para contrarrestar y manejar los múltiples signos y síntomas que persisten después de haber padecido la COVID-19”, concluyó el Dr. Martínez.

La Dra. González y el Dr. Martínez han declarado no tener ningún conflicto de interés económico pertinente.

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